¿Se imaginan una demanda judicial contra los creadores del Monopoly por el asesinato de un pope de las finanzas? El argumento sería algo así: un joven, empedernido jugador de Monopoly cuya obsesión le llevó a aislarse del mundo y pasarse más de 20 horas diarias jugando a ser Onassis, mata a dentelladas a un reconocido banquero tras gritar en su despacho: “Esa casilla es mía”. Monopoly se enfrenta ahora a un proceso como presunto inductor del crimen y por el cual se le exige 600 millones de dólares.

Pongámonos en el caso del

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