Hace como un año cerró una de las viejas y familiares librerías de la ciudad. Era pequeña, casi escondida en una esquina, a pesar de estar situada en plena zona comercial. Un camuflado y ridículo escaparate, que pocas, muy pocas veces, albergaba las últimas novedades, no era suficiente reclamo para llamar la atención de la gente que, buscando otras cosas más necesarias para su supervivencia que los libros, pasaba a diario por allí. Tenía un gran fondo, que su dueño controlaba, casi, de memoria, amontonado en una pequeña planta baja y un mínimo altillo. Si entrabas a buscar un libro, cualquier libro, era muy probable que salieras con él, a pesar de no tratarse del último bestseller ni la oferta del mes de las editoriales de más prestigio. Mantenía un caótico orden, que debías, más o menos, conocer, si te empeñabas en buscar, tú sola, ese título, o ese autor, que en otras librerías más importantes no encontrabas.

Resultaba, no obstante, incluso más apetecible pasearte sus pocos metros cuadrados y dejar que el destino decidiera, que fuera el libro el que te encontrara a ti. Yo así lo hice en muchas ocasiones. Entraba y, después de saludar (mi educación es de las que pueden considerarse exquisitas), iba subiendo y bajando la mirada por las estanterías repletas, libros de todos los colores y tamaños, algunos con semanas, meses más bien, de polvo acumulado, de autores célebres y de otros de los que ni me sonaba el nombre. Solía acabar sentada, en el suelo, teniendo que apartarme si entraba alguien más en la librería, con el cuello medio roto, con un montón de ejemplares de los que, ya para acabar de decidirme, iba leyendo las reseñas de las solapas y de la contracubierta. No siempre acertaba, pero muchas veces sí. Continúo pensando que es una de las mejores maneras de comprar libros, un poco al azar, especialmente en esas librerías en las que, más que la venta, que también, lo importante eran las personas. Hasta tal punto que, a pesar del reducido tamaño de la librería (no me resigno a llamarla tienda, como tantos otros hacen), algunas veces se montaba, incluso, alrededor del librero, una pequeña y amigable tertulia.

Desde que cerró, se me ha ido acumulando una larga lista de novelas, que, me aseguran, están descatalogadas, aunque no puedo evitar pensar que allí, sin ser una librería de las consideradas ‘de viejo’, hubiese tenido alguna oportunidad de encontrarlos. Siendo esta ciudad pequeña, en la que apenas hay más oferta que la que dicta el mercado, resulta especialmente duro que esa, la familiar, la que solía ser tu salvación, eche el cierre.

Ayer leí en la prensa una extraña comparación. Afirmaba la autora de un artículo publicado con motivo de la inauguración de Liber 2006 que en España hay 4.280 librerías, la mayoría pequeñas, y 12.516 perfumerías tradicionales.
De estas cifras se desprende que los españoles no somos los más leídos, pero ¿somos acaso los más perfumados?

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