Javier Marías ha tenido esta semana un detalle muy feo en su columna. Hablando (En busca de Conan Doyle) sobre el olvido al que la ciudad de Edimburgo ha condenado a Conan Doyle y la discriminación de su memoria frente a otros escritores, sobretodo frente a Scott, quizá por no ser independentista, deja escapar un parrafo que ni viene a cuento ni tiene razón de ser, además de que no se sostiene por ningún sitio.

La ciudad me encantó y no me cansé de recorrerla, pero me dio dos disgustos. El primero fue personal, y tuvo que ver con las estrictas leyes locales contra el tabaco, que me hicieron peregrinar de hotel en hotel hasta dar con uno que admitiera a fumadores (y aun en ese, luego, pené lo mío). La cruzada contra el humo es cada vez más fanática y demagógica en todas partes, empezando por los falaces y repulsivos anuncios de nuestra iluminada Ministra de Sanidad, Salgado, en los que se afirma con desvergüenza que “estos niños fuman”, como si fuera lo mismo que les llegue de vez en cuando una vaharada ajena que meterse cigarrillos directamente entre pecho y espalda. En fin, según esas leyes escocesas, en los hoteles se podrán alojar asesinos, pederastas, traficantes de drogas y de armas, pero no fumadores. Qué manera de facilitarles las cosas a quienes en verdad son dañinos.

Las leyes escocesas, todavía más duras que las españolas, no permiten fumar en ningún lugar público. Si en un bar quieres fumar, tienes que salir a la calle. Y muchas veces en la calle tampoco se puede fumar. Pero las leyes escocesas, si no me equivoco, tampoco permiten que haya asesinos, pederastas o traficantes por la calle. Obligan a detenerles. Jamás se encontrará un hotel en la situación de tener que decirle a alguien “no, como usted es un asesino no sé si podemos alojarle”.

Y en cuanto a la parte en que afirma que es repulsiva la campaña de sanidad en la que se afirma que los niños fuman, como si fuera lo mismo que les llegue de vez en cuando una vaharada ajena que meterse cigarrillos directamente entre pecho y espalda, decirle que no sólo es mucho más perjudicial para los niños fumar que para los adultos, sino que al estar en un entorno lleno de humo, lo que fuman es mucho más que un tanto por ciento de lo que les soplan en la cara

Marías ha aprovechado su gran prosa y la difusión del medio donde escribe para soltar este discurso planfetario escondido en un artículo que nada tenía que ver. Señor Marías, yo también tuve la suerte de visitar Edimburgo este verano. La ciudad es grandiosa, la cultura que se respira impresionante. Limítese a hablar de eso y deje a los legisladores hacer su trabajo y a los médicos opinar sobre lo que saben.

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