Capítulo I: Del Martillo

David se ha comprado un martillo. Andaba tiempo detrás de él desde que lo vio por primera vez en el escaparate de la ferretería del otro lado de la calle. No es un martillo especial, apenas si sirve para lo que sirve cualquier martillo: clavar y desclavar, pero es un martillo robusto, con el mango perfecto para sus cortas manos, buena cabeza y sólidas tenazas. Si lo apuraran un poco, diría incluso que es elegante, pero no quiere llegar a tanto. Con ese martillo piensa arreglar los múltiples defectos menores que ha ido detectando en su vivienda. No tiene reparos en prestarlo cuando se lo piden. Sus hermanos, sus vecinos, algún amigo también. Nadie se lo prohíbe. Ha pagado por él y ahora puede hacer con él lo que quiera, salvo destrozar bienes ajenos, herir o matar. Hasta puede venderlo o regalarlo. Es famoso su martillo en el barrio. De hecho es “el martillo del barrio”, como suelen comentar burlones sus compañeros de birras, tapas y confidencias de mediodía.

No al DRM

Capítulo II: Un ciclomotor de ida y vuelta

Ana no se lo puede creer. Ya tiene moto. La suya, la que quería. La ha comprado hace pocas horas y ya se la ha prestado a no menos de cinco amigas. Una vuelta a la manzana, no más y no vayas a estampármela. Es un ciclomotor, de ésos de ruedas pequeñas y con él piensa ahorrar tiempo y dinero en su recorrido diario a la universidad. Le ha cambiado los faros por otros más brillantes y le ha pintado escarabajos por todas partes. Sí, le gustan los escarabajos y Egipto. Nadie se lo impide. La moto es suya y puede ‘tunearla’ todo lo que quiera. La fábrica no le va a reclamar derechos de imagen. Además, en poco más de un año espera poder comprarse una 250cc, pero para eso necesita el carné. En cuanto lo tenga, venderá ésta. No le será difícil, de hecho tiene ya dos o tres ofertas.

Capítulo III: De bien nacidos

Carlos ha tenido una idea. Para promocionar su web ha decidido regalar camisetas. Su padre tiene un stock considerable de una serie barata que no ha tenido buena salida en la tienda. Le ha hecho un precio especial de saldo más descuento familiar. Son mil unidades a cincuenta céntimos, la mitad de sus ahorros del año. Pero no le importa, está convencido de que la inversión valdrá la pena. Y así es. En menos de un mes, Carlos tiene ya mil usuarios registrados en su página, todos con camiseta, y 400 de ellos de los que valen la pena. Visitan, participan y recomiendan activamente, de tal modo que el sitio de Carlos registra ya cerca de 100.000 visitas al mes. Pero la iniciativa de Carlos ha provocado, además, un efecto inesperado: las camisetas se han convertido en toda una sensación dentro y fuera de la Red. A la gente le ha gustado el extraño personaje que eructa, y la marca es solicitada en grandes y pequeños comercios ante la enorme demanda. La compañía fabricante no sale de su asombro, y cuando descubre a qué se debe este éxito inesperado, contacta con Carlos y le ofrece, a modo de agradecimiento por la promoción y la salvación de casi trescientos puestos de trabajo, una pequeña participación en su accionariado. Además, le han regalado otras cinco mil camisetas para su web. Todos han ganado.

Capítulo IV: Elena y Marcel

Elena se lo ha montado de mimo. Imita perfectamente al Bip de Marcel Marceau y así se gana unas perras en la puerta del mercado. Lo hace tan bien que la gente la felicita por la actuación y por la creación del personaje. Pero ella siempre agradece lo primero y explica que lo segundo no es cosa suya. Jamás se le ocurriría suplantar la autoría: primero, porque Marceau es un dios para ella; y segundo, porque no le pone demasiado entregarse a un ridículo tan evidente. En el barrio se rumorea que a Marcel le han llegado noticias de la excelente interpretación de Elena, y que incluso le ha enviado una carta felicitándola y agradeciendo su devoción. Marcel sabe que ni le roban ni se gasta con esta suerte de homenajes. Al contrario, le satisfacen, popularizan y hasta le inspiran. Se dice también que la carta ocupa un lugar de honor en los sueños, la vitrina y los sentimientos de Elena.

Capítulo V: De coleccionista

Juan Pablo ha esperado tres años la publicación de un nuevo CD de su cantante favorito. Por eso, a pesar de lo caro que lo han lanzado, se ha comprado la edición de coleccionista: CD, DVD y carpeta manuscrita. Han sido cincuenta euros, pero realmente ha valido la pena. No es el primer dinero que invierte en la carrera de su ídolo. De hecho, cree recordar que se gastó unos treinta euros en llamadas SMS para financiar su triunfo en un conocido concurso de televisión. Y como él, decenas de miles más. Una pasta, pensó, ¡pero qué mierda! El verdadero arte no sabe de billetes ni monedas. Tanto le ha gustado el álbum que ha decidido darlo a conocer allá donde pueda: en el trabajo, entre los amigos, a los vecinos… Se ha puesto a repartir CD como un loco y hasta al eMule ha subido la canción que más le ha impresionado. Y ahí han empezado los problemas: Juan Pablo acaba de recibir una carta de un importante despacho de abogados que le anuncian una querella por copia y distribución ilegal de archivos musicales. Juan Pablo les explica que lo hace sin ánimo de lucro y con la intención de promocionar al máximo eso que tanto le gusta. Adjunta factura de compra y registro legal en la página web del artista. Y además aduce que al menos siete de sus conocidos se han comprado el CD gracias a él. No sirve de nada. Juan Pablo es denunciado y finalmente tiene que pagar seis mil euros para evitar llegar a los tribunales por una reclamación de dieciocho mil quinientos. Al día siguiente lee en un periódico que su cantante le considera a él y a todos los que comparten su música en Internet o en la vida real unos delincuentes, piratas y ladrones a los que habría que encerrar.

Capítulo VI: “This file is protected”

Toñi no compra CD. A ella sólo le gusta una canción del álbum y por eso decide acudir a una music store de Internet y bajársela para escucharla en su mp3. Ha pagado casi un euro, pero ha tenido que bajársela en wma. No le importa demasiado hasta que descubre que su reproductor es incapaz de hacer correr el archivo en el ordenador. Entonces comienza a tambalearse. Pero su auténtico rebote surge cuando intenta pasarlo al mp3 y una ventanita le advierte que eso es, sencillamente, imposible: “This file is protected by DRM technology in order to preserve copyright and bla bla bla…”. ¿Un euro para nada? ¿Un euro a la basura? ¡Pero qué mierda! Ella no sabe de derechos de autor, ni de tecnologías ni RDM, MDR o lo que quiera que eso sea. Ella quería pagar por una canción y disfrutarla donde, como y cuando quisiera. Envía una reclamación a la tienda online, pero aún no ha recibido respuesta.

Epílogo

En dos habitaciones de dos casas de dos edificios de dos barrios de dos ciudades de dos municipios de dos provincias de dos países de dos continentes del planeta, dos jóvenes que lucen una curiosa camiseta piden prestado un martillo. Mientras sus respectivas hermanas ensayan una escena de mimo en la sala y gritan algo sobre una motocicleta, ellos arrojan al suelo un pack de coleccionista y un mp3. Lanzan un golpe con el martillo, pero se frenan: “Joder, es una pasta…

pero ¡qué mierda!”.

Crack.

Crédito fotografía: Consumerist

Crédito texto: Este megapost es mi contribución personal al Día Mundial contra el DRM, organizado por Defective by Design, que se celebra hoy, 3 de octubre de 2006.

El texto se licencia con Creative Commons y no lleva incorporado ningún dispositivo que restrinja su uso sin ánimo de lucro ni de seguimiento de la actividad del usuario. (Creo) que no se autodestruirá en tres días y, desde luego, no obliga al lector a volver una y otra vez a este sitio.

Aunque se agradecería 😉

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