Los casos de corrupción urbanística tras la onda expansiva del ‘boom’ inmobiliario recorren el país, no importa el color del ayuntamiento, ni como pretenda cada grupo discuparlo girando su ventilador de cagarros.
Los diarios ya no pueden hacer nada por ensalzar los trapicheos ‘del otro’ y suavizar los de ‘los suyos”.
Escuchamos conversaciones que ya cabrean, roban a manos llenas, recalifican para beneficio propio y de familiares y amigastros, se llevan dinero a paraísos fiscales, ostentan y manipulan.

La clase política está enladrillada, y ahora el PSOE propone desenladrillarla, hablando de tolerancia cero a la corrupción inmobiliaria, ¿ Será que ven inminente la explosión de la burbuja inmobiliaria y con ella un menor beneficio en sus empresas de fabricación de chorizos?
Sugieren un pacto contra la corrupción, pero el PP no quiere, quiere que sea la Justicia, que de actuar tambien se llevará a unos pocos de los suyos a destinos vacacionales del tipo barrote d`or, ciudad de mangantes.

Que fuera el GIL el que robara con agonía en Marbella les ha venido muy bien a ambos grupos en el pasado, a los rojos porque se erigieron, sospechosamente tarde, en justicieros limpiadores de la ciudad de la ‘jet set’, y a los azules ya que pudieron saltar sobre los charcos que dejaron los apandadores para salpicar a la Junta de Andalucía.

La llegada del caso Malaya a los basurientos programas ‘rosas’, ha sido una curiosa manera de convertir el grave problema de la corrupción inmobiliaria en conversaciones de bar y mercadillo. Esa palabras, ‘recalificación’, ‘especulación’, que hace unos días solo formaban parte del lenguaje urbanístico, ya empiezan a ser para muchos, sinónimo de delito.

Puede que las próximas elecciones nos den una sorpresa y notemos como nuevos partidos y agrupaciones siempre consideradas minoritarias en lo que a voto se refiera, rasquen sufragios a los dos de ‘toda la vida’ y empecemos a acabar con ese bipartidismo rancio que tanto aburre.

“Mucho cuidao”

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