En una escena de la película El sueño eterno, Philip Marlowe, al que casi en cada plano le apunta un pistolero con un arma de fuego, se hace un reflexión en voz alta: Tantas pistolas en la ciudad y tan pocos cerebros.

Algo parecido pienso yo cuando compruebo estupefacta, cada día, al leer la prensa, escuchar la radio o ver las noticias en la televisión alguna destacada noticia de violencia. Porque nos despertamos cada mañana con las cifras del horror. Muertos por guerras sin sentido, muertos por desnutrición, muertos por ataques terroristas, muertos por catástrofes naturales, muertos por accidentes de cualquier clase.

Hemos desarrollado una coraza protectora e impermeable que nos permite seguir viviendo nuestras confortables y acomodadas vidas, tomar nuestro café con leche y tostadas mientras en la radio, en la televisión y en la prensa van desfilando las palabras y las imágenes que nos acercan, aunque nos las sacudamos inmediatamente, como motas de polvo, las víctimas, las heridas, el sufrimiento de los que no han podido evitarlo. Parecemos sentirlo un poco más cuando se trata de niños: explotados, maltratados, violados, prostituidos, abandonados, asesinados… Los casos son, verdaderamente, escalofriantes, tanto en conjunto como las pocas veces que, aisladamente, llegamos a conocer la historia más a fondo, cuando les podemos poner rostro y nombre, ubicación geográfica y circunstancias concretas.

Hay, no obstante, unas muertes que a mí me afectan más profundamente. Las de mujeres, a manos de aquellos que, por haber sido capaces de matarlas, se han sentido, por un momento, propietarios de sus vidas. Si repasamos las cifras de mujeres víctimas de violencia doméstica comprobamos que de poco están sirviendo la legislación protectora, las protestas y manifestaciones y las campañas publicitarias si todas, todos, cerramos los ojos o miramos hacia otro lado. Ciertamente hay demasiadas armas en la ciudad, peligrosas aunque no sean de fuego, porque suelen ir a caer en manos de los que apenas tienen cerebro.

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