Continuamente se convocan coloquios, encuentros, congresos o seminarios para que los interesados en alguna materia o rama del saber puedan ponerse al día en las tendencias o últimas aportaciones sobre el asunto de su interés. Para empezar, parece haber una gran diferencia en los planteamientos y en la forma de estar y participar según se trate de asuntos técnicos o prácticos que cuando se trata de materias más relacionadas con el espíritu o el saber erudito, como los relacionados con la filosofía, literatura, arte o historia, por ejemplo.

En ambos casos, tal vez en donde más provecho pueda obtenerse sea en los pasillos, intercambiando enfoques o ideas con otros asistentes, hablando de lo que cada uno piensa realmente pero que quizás sea académicamente incorrecto expresarlo por escrito en una ponencia o una comunicación sin molestar a alguien influyente.

En el primer tipo de eventos, aquellos que tienen que ver con lo que tradicionalmente se llaman ‘ciencias’, eso suele ser menos evidente pues lo que se expone normalmente ha sido experimentado en el laboratorio y allí, como con la prueba del algodón, las cosas son o no son. Los ponentes han sido invitados, normalmente, por los resultados que obtuvieron en la vida real, por las patentes que produjeron o por los métodos que descubrieron o perfeccionaron, más que por pertenecer a una tendencia de la ciencia. En otras palabras, importa más lo que hacen que quienes son, los resultados que el prestigio del investigador.

Pero en los eventos relacionados con las ‘letras’, las cosas parecen suceder de otra forma. Ya para empezar, los invitados a dar conferencias y presentar comunicaciones, lo son las más de las veces por ser ‘de la cuerda’ de los organizadores. La importancia de un ponente suele radicar en su categoria administrativa y en las publicaciones que ha hecho en el entorno académico, sin que nadie haya siquiera intentado comprobar jamás cuantos las han leído. El asunto se agrava porque esa misma “nomenclatura” suele decidir qué trabajo se publica en sus revistas y quien puede publicar. Es un círculo vicioso del que es difícil salir o entrar, según de qué lado esté el interesado. Por esto, muchas presentaciones no son más que ‘cortar y pegar’ lo que otros dijeron y pocas veces los asistentes se enteran de lo que realmente quiere sugerir el ponente, tal vez entre líneas. Si es que quiere decir realmente algo o sólo añadir unas líneas a su curricurum y cenar con los amigos de periplos, que son viajes de ida y vuelta, no singladuras que son lo viajado en un día. Hoy por ti, mañana por mí, o amor con amor se paga.

Aunque a mi forma de ver, lo peor en ambos casos, es que los organizadores se suelen olvidar que los participantes saben leer y que sería mucho más formativo para todos si el ponente no recitara apresuradamente un texto, que debiera ya estar distribuído de antemano, sino que hiciera una breve presentación y abriera un amplio debate sobre el asunto en quiestión. Si todas las ideas y todas las opiniones se pusieran sobre la mesa, sería más fácil encontrar las más adecuadas entre todos. Aunque ese método no tenga siempre que conducir a la verdad. En este sentido, a mi entender, el colmo del despropósito es llamar coloquio o encuentro a unas sesiones donde no se permite el diálogo con los asistentes. ¿No era eso un monólogo o un trágala? Pues aunque no se lo crean, coloquios sin coloquio, haylos a puñados. Yo mismo los he sufrido, ¡palabrita del Niño Jesús!

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