Una de las ramas en la que se agrupan los creadores más reaccionarios o despistados del país, es decir la Asociación de Compositores y Autores de Música (ACAM), entrega hoy unos reconocimientos anuales que, como era de prever, cierran filas en torno a los criterios decimonónicos que defienden; en un intento, supongo, de convencerse a sí mismos, una vez más, de que el enemigo está entre sus clientes y no en aquellos que realmente los explotan y someten.

Así, mientras en otro extremo de la galaxia la industria muestra su verdadero rostro reclamando que se rebaje el margen de ganancia de los compositores, y mucho más cerca los músicos comprometidos con el progreso comienzan a dar la cara, los acólitos de Teo Caralda & Cía. no tienen mayor reparo en galardonar a la SGAE o a Ramoncín, máximas expresiones de una forma torpe y retrógada de entender la cultura en estos albores del tercer milenio.

Y del mismo modo que se premia, se castiga. Así, el premio de periodismo queda desierto en lo que supone todo un aviso a navegantes: el copyright no tiene quien le escriba o lo defienda; necesitamos más, muchos más, de los medios de comunicación, por ejemplo que escriban directamente ‘delincuentes’ o ‘ladrones’ allí donde suelen poner ‘usuarios’, ‘fans’ o ‘ciudadanos’. Patético. ¿Cabe mayor torpeza?

Nada sorprendente, todo muy dentro del guión, aunque quizá, ya puestos, se echa en falta algún premio para la RIAA, auténtica líder internacional de la cultura bien entendida, de la defensa de los derechos de los autores y la solidaridad, y azote de esa masa criminal que es la ciudadanía.

Dejà vu.

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