El Pacto...

Tras el ataque de la bestia, los voceadores de cataclismos se envalentonaron ante la posibilidad de recobrar su perdida primacía. Les importaba menos la tragedia que degustar una venganza largamente demorada. La razón carnívora del miedo se había impuesto, una vez más, a la docilidad del cordero. Exultantes, esparcieron su insano juicio a la luz del día mientras la bestia, haciendo rechinar sus renovados colmillos, llenaba de carcajadas su escondrijo.

Unos y otros, agoreros e ingenuos, no fueron felices ni comieron perdices. Siguieron increpándose día tras día sin llegar a comprender que todos ellos, sin excepción, eran los buenos de este macabro e inacabable cuento.

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