El presidente Adán Martín nos acaba de obsequiar otra vez en esta última Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo con otra de sus profundas reflexiones, tan profundas que a muchos nos cuesta llegar al fondo de ellas, si es que realmente hay algo que buscar más allá de la palabrería preelectoral. Los más puestos en eso de los mensajes subliminales dicen que es preciso leer entre líneas, pero lamentándolo mucho y parafraseando al filósofo, entre líneas sólo alcanzo a ver largos espacios en blanco.

Así, de sopetón, sorprende con eso de que la corrupción “es una triste secuela de los avances de los últimos años”. Si eso fuera así, que en mi opinión evidentemente no lo es, habría que concluir que tanto este triste Gobierno como los anteriores, al procurar nuestra felicidad, han favorecido a la vez la corrupción. Al fomentar el desarrollo, según Martín, se potencian en paralelo las inevitables corruptelas sin que al parecer nadie haya preocupado por hacer nada al respecto. O haciendo demasiado solamente para unos pocos, se malician otros muchos. Si bien el estudio de la historia ofrece una interminable nómina de gobiernos corruptos en los países en desarrollo, y en los subdesarrollados aún más, creo que esa generalización debe ser más matizada de como lo ha hecho nuestro Presidente, salvo que quiera exponerse a que el salivazo escupido hacia arriba le caiga en su propia cara.

Tampoco comparto su afirmación de que hay que respetar a la Justicia, así en genérico. Lo que, entiendo, conviene respetar es la presunta integridad de las personas que hacen posible ese ideal utópico llamado Justicia, es decir, a los jueces y a los funcionarios judiciales. Puede ponerse como contraejemplo cuando se afirma que la TVE, o La Nuestra, (la de ellos), es una basura pero que sus trabajadores son extraordinarios profesionales. Por eso creo que cuando se dice que la Justicia está manipulada se debe explicitar, con nombres y apellidos, no sólo quien manipula sino también quien se deja manipular, que además es un delito, y no hablar como aquel detective del cuento de Gila y el asesino de la escalera. El pueblo sólo respeta moralmente a quien se hace respetar por sus obras y su vida, no a quien se le impone o se le obliga a acatar. Otra cosa, que también viene al caso, es el temor a las represalias o la Ley del Silencio que pudiera estar implantada en Canarias para ciertos asuntos. Tampoco es muy edificante, para esa respetabilidad reclamada para la Justicia, que poderosos financieros esperen un indulto gubernamental jugando al golf, mientras que una pobre anciana deba ingresar en prisión y aguardar entre rejas la misma gracia, dicho sea sin doble sentido.

Por supuesto que la presunción de inocencia es un principio necesario que se debe predicar para todas las personas, pero también debería ser conveniente que los cargos públicos, sobre todo los que sólo se dedican a la política, justifiquen esos signos externos de riqueza tan exagerados que muchos ni se molestan en disimular. “Si quieres saber quien es fulanillo, dale un puestecillo”, reza el antiguo y no obsoleto refrán. No hay que extrañar que el pueblo piense que donde está viendo humo es muy probable, aunque no del todo seguro, que debajo haya llamas. Negar las evidencias no es más que intentar ocultar la realidad y la certeza moral, tal vez porque sea difícil, cuando no imposible, demostrar judicialmente algunas cosas.

Parece que la bondad global, que pretende acabar con el inmenso mar de injusticia universal, se apodera de nuestros más altos mandatarios. Con palabras entresacadas del último libro de Gustavo Bueno, catedrático emérito de Filosofía en la Universidad de Oviedo, parece que el ‘pensamiento Alicia’ (la del país de las maravillas), que hace referencia a la ingenuidad de los planteamientos y de las percepciones de la realidad, se ha apoderado de ellos. Distinto, aunque quien sabe si interrelacionado, sea el llamado ‘síndrome de Alicia’, médicamente micropsia o alucinación Lilliputense, de tal forma que quien la padece percibe las cosas como mucho más pequeñas y lejanas de como son en realidad. En resumen, ven las cosas como en los cuentos de hadas. Y eso es lo que pretenden que creamos los demás. ¡Angelitos de Dios!

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