Un individuo con aspecto de vecino pederasta va dando saltos en la pantalla con un bote de spray en la mano, haciendo aparecer ordenadores, coches y lavavajillas. Un ama de casa deprimida recibe la visita de un genio casposo que resuelve sus tristezas con un fajo de billetes para satisfacer sus caprichos. Un hombre se avergüenza de pedirle prestado dinero a su amigo. ¿Para qué hacerlo, cuando puede conseguirlo sin tener que dar excusas?

Estas y parecidas escenas se suceden de continuo en la programación matinal de todas las televisiones, entre tertulias periodísticas, espacios de salud, entrevistas del corazón y documentales varios. He podido comprobarlo durante esta semana, mientras desayunaba con mi esposa. Estamos de vacaciones y los desayunos son sagrados: sin prisas, con nuestra vieja cafetera repleta y humeante, tostadas recién hechas, mantequilla y mermelada; charlando entre bocado y sorbo sobre las noticias del día. Al final hemos tenido que acabar apagando la televisión por sobredosis de créditos, que de tan instantáneos y sencillos parecen regalados: Cetelem, Cofidis, CrediYa, CrediFácil, Dinero Directo y un largo etcétera. Los anuncios se repiten en intervalos de pocos minutos, un bombardeo perfectamente estudiado y dirigido a víctimas muy escogidas. Todas las empresas entregan el dinero casi de inmediato, sin preguntas, justificantes ni avales. Nada se dice de los intereses, tan altos que rozan lo reprochable, ni tampoco de las penalizaciones por impagos o demoras. Eso queda para la letra pequeña que llegará más tarde.

Todo parece fácil, ligero, transparente. Pero he conocido buenas personas que gracias a esa facilidad machacona han financiado su ludopatía, que se han endeudado innecesariamente para financiar otras deudas o incluso para invertir en bolsa, y que han utilizado ese dinero “regalado” para comprar carísimos e inútiles caprichos quitándose, literalmente, la comida de la boca.

Es posible que estos préstamos rápidos (que no suelen superar los 3.000 euros) sean útiles para afrontar necesidades puntuales, pero su peligro radica en el obsceno mensaje que su publicidad pretende vendernos: la felicidad al instante está al alcance de tu mano, y a cómodos plazos. Disfruta hoy y lo pagarás (muy caro) mañana.

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