En un artículo anterior se comentaba como el penoso asunto de la construcción naval se había contado de una forma pero la realidad era otra bien distinta, al menos en muchos aspectos. De parecer una actividad sumida en un profundo desastre global y necesitada de un plan de reconversión, lo que es absolutamente cierto para el sector público, el sector privado presenta un auge sin precedentes. Es bien sabido que la gente tiende a contar la feria según le va en ella, pero también es cierto que otros intentan ocultar las auténticas realidades para tratar de inculcarnos sus teorías políticas sin anestesia. Entre otros los sindicatos, que ven perder un importante número de afiliados altamente combativos, luchando lógicamente por sus puestos de trabajo y sus privilegios, no por la productividad del sector. Ya lo expresó con la claridad de ideas y con la propiedad que corresponde a la Excma. Sra. Ministra de Cultura, Doña Carmen Calvo, “manejamos dinero público, y el dinero público no es de nadie”.

Otra de las falacias que se pudieron leer en los periódicos, y que aún siguen propalando quienes tienen parado el reloj de la historia y de la lectura no sectaria de los datos, es que la privatización en 1966 de los trenes del Reino Unido ha traído consigo un incremento del número de accidentes en ese país, y una bajada generalizada del nivel de servicios. Y apostillan doctrinalmente, que es el natural fruto de la inevitable desidia del sector privado, que sólo mira sus beneficios, frente al que debieran prestar, aunque no lo hagan, los servicios públicos, que como dicen ellos, están siempre atentos y dispuestos a ofrecer el mejor servicio posible, aunque arruine de paso a los usuarios y aumente significativamente el número de empleados públicos que, eso sí, pagamos religiosamente laicos entre todos. Y lo pagamos indirectamente, con los impuestos, además de abonar directamente el servicio vía precio o tasa.

Los datos reales no pueden ser más elocuentes. La siniestrabilidad en el Reino Unido, medida como número de accidentes graves por millón de km recorridos, ha bajado desde entonces de forma continua, hasta situarse hoy en día en el índice del 0,1. Para poder comparar esta cifra, baste recordar que en España, con el servicio no privatizado, el índice supera los 0,4 muy por encima del inglés. Recordemos, como ejemplo y sólo en el último año, los espectaculares accidentes graves con fallecidos que tuvimos que lamentar en nuestro país: 6 muertos en Villalba y 41 en Valencia.

Pero las desinformaciones generalizadas no sólo son en sentido negativo, es decir cosas que nos dicen que van muy bien pero que pueden ir fatal si se mueve ficha, como por ejemplo privatizar. Como ejemplo de afirmación positiva, de que las cosas van razonablemente bien, aunque no sea así, es el caso de la educación pública. Desde todas las instancias oficiales se dice que nunca ha estado mejor que ahora la educación. No importa que los informes internacionales, entre otros el PISA, nos sitúe como país entre los más atrasados en este terreno. Y lo peor es que no podemos remediar el problema, que es evidente para casi todo el mundo, mientras no se quiera ver la realidad que los propios estudiantes nos revelan en las encuestas con frases como “no nos interesa el estudio”, “¿para qué sirve estudiar y esforzarse?”, “haga lo que haga me titularé”, “vaya masque de escuela”, etc.

Mientras tanto sesudos pedagogos, que en su mayoría nunca han dado clase a niños, alientan el debate entre padres que culpan a los profesores de la debacle. Son como la mayoría de los sacerdotes, célibes, pero expertos en relaciones matrimoniales. También los profesores son acusados por la Administración, que siempre se queja de no tener suficiente presupuesto, y de que los profesionales no se implican en sus aberrantes teorías (cuyo fracaso diario se niegan a ver). Se olvidan que lo más importante no es cuanto se gasta, sino cómo se gasta. Del círculo vicioso en que los inspiradores del fracaso educativo han metido a padres, profesores y Administración quieren librarse con la triste excusa de que la instrucción, es decir el conocimiento, no importa para eliminar desigualdades sociales con diferencias intelectuales, que lo auténticamente relevante es la ‘educación en valores’, o lo que es lo mismo, humo y adoctrinamiento político para hacer nacer ‘el hombre nuevo para una nueva sociedad divorciada del antiguo régimen’. ¿Les suela el eslogan, amigos? Tal vez lo reconocerían mejor si la palabra amigo la escribiera con arroba al final, o mejor aún en lenguaje políticamente correcto, con una algarroba para un mejor alimento del espíritu. Se comenzó con la reforma Villar Palasí y, aunque todo es susceptible de empeorar, por ahora se culminó con la LOGSE en estado intelectual y ‘comprensivamente’ puro.

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