Mantis religiosa

Aprovechando que este invierno en Canarias parece primavera y que desde el accidente de moto prácticamente no había salido de casa, el domingo me fui de merienda con la familia al campo, a San Bartolomé de Tirajana, que se encuentra en las faldas de la Cumbre de la isla culminando el barranco que le da ‘apellido’. Escogimos un bosque de pinos y cada cual se puso a lo suyo, unos a pintar, otros a leer y yo a fotografiar. Estrenaba el zoom 50-200 mm que me dejaron los Reyes y con él hice un buen número de tomas antes de pasar al macro, que es el que utilizo mayoremente para detalles de flores y bichos, algo que me fascina.

Poniendo a prueba la herida que aún arrastro en el tobillo derecho, me di una vuelta por los alrededores observando con paciencia el terreno y la flora, por si descubría alguna joyita. Entonces la vi, una espléndida mantis hembra, de unos 10 cms de largo, agazapada entre las ramillas de un arbusto con muchas flores. Cámara en ristre comencé a acribillarla sin que ella pareciera inmutarse, limitándose a seguir con sus ojos mis evoluciones, supongo que por ver si me tropezaba y caía. Poco a poco, el bicho fue girando su cuello hacia mí hasta que tuve la sensación de que ponía cara de fastidio. Fue más o menos también cuando caí en la cuenta de que no sólo los humanos meriendan, sino que eso de comer es igualmente propio de mantis y la inmensa mayoría del reino animal. Así que deduje que probablemente yo le estaba estropeando la suya a aquel simpático bichito: cuando una mantis está al acecho, es que tiene apetito. Un apetito, supongo, como el que en aquel momento comencé a sentir yo también.

Mantis de merienda

Dado que los humanos hace siglos que no necesitamos acechar para comer, al menos los que no nos dedicamos directamente a la pesca, la caza, el robo de carteras o el espionaje, nos bastó con reunirnos y dar cuenta de las viandas que traíamos en las mochilas. Poco después continué con mi ruta fotográfica y decidí volver a visitar a mi nueva amiga. Desde luego, no había perdido el tiempo. Para mi sorpresa, el bicho daba cuenta de una enorme abeja, que aún mostraba signos de vida, atrapada entre las púas de sus patas anteriores. Deduje que no hacía mucho que le había dado caza, quizás unos minutos antes de mi regreso, es decir apenas unos 20 minutos desde que la dejara tranquila.

Pues nada, cámara en ristre otra vez a ‘inmortalizar’ el banquete ‘mantiano’. Ella, como en nuestro primer encuentro, permaneció inmutable y a lo suyo, aunque de vez en cuando alargaba las patas en las que tenía la presa hacia mí como para invitarme o como para ofrecer una ofrenda al dios de las mantis (igual por eso las creen tan religiosas). Dado que yo acababa de merendar y que las abejas no son lo mío, preferí seguir con mi serie fotográfica, algunas de cuyas imágenes les dejo aquí, otro par de ellas las he colgado en Imagina y toda la serie completa en un set de Flickr, que también puedes disfrutar en la sección Zona Flickr de este mismo blog.

Que te aproveche 😉

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