Tal como ya he comentado alguna otra vez, es difícil entender el criterio democrático que usan los parlamentarios para legislar restrictivamente sobre cuestiones que atentan directamente contra la libertad de comercio y contra los intereses económicos de los consumidores, que somos la mayoría de la población. Es evidente que muchas veces sucumben a presiones de poderosos ‘sanedrines’ que buscan posicionarse de forma oligopólica en el mercado, aunque sea a costa de perjudicar los intereses de las mayorías. Ya alguien se encargará de vestir el muñeco de bonito.

Ejemplos palmarios hay muchísimos, pero baste ahora unos botones de muestra: dificultar la instalación de cadenas de descuento duro que abaraten la carísima cesta de la compra isleña, extraños requisitos para otorgar licencias comerciales específicas, la limitación de horarios de apertura y cierre de establecimientos, muchos aspectos de la regulación de las Rebajas, y otras tantas y tantas restricciones a la libertad de comercio y a la libre capacidad de elección por el consumidor que no se enumeran ahora por brevedad, pero que todas ellas son medidas que tienen en común el interés de dar un trato de favor a unos pocos beneficiarios, aunque se perjudique a muchos más, y legislado o decretado además por razones nunca claramente explicadas.

Este año se proclamó que las Rebajas comenzarían en toda Canarias el mismo día, sólo faltó añadir que arrancarían a la misma hora y con la Consejera María Luisa Tejedor cortando una cintita tricolor como las de las inauguraciones. Si ya es difícil de explicar con un mínimo de rigor el por qué una persona en Madrid puede comprar productos desde el 1 de enero en Rebajas y otro en Canarias, por ejemplo, ha de pagar mucho más dinero y esperar al día 7, ¿cómo justificar que hasta el año pasado en cada pueblo de nuestro archipiélago las esperadas rebajas comenzaban en días distintos, según las presiones y los intereses de los comerciantes locales? Como siempre, el gran ausente es el bien general y el consumidor, perpetrándose otro atentado a la libertad de comercio y la institucionalización de prácticas restrictivas de la competencia, por la vía de los hechos.

Pero como es imposible ponerle puertas al campo y de la necesidad se hace virtud, muchos comerciantes a los que la ley impedía vender al precio que estimaran conveniente, colgaban de sus escaparates estas Navidades el cartel de que hacían ‘descuentos’ de un cierto tanto por ciento. No estaban de rebajas, estaban de descuentos. Ha sido una idea brillante y que pone las cosas en su sitio, diga lo que diga la legislación, o llore el comerciante que llore. Si dos personas, un comprador y un vendedor, acuerdan realizar una transacción comercial de una mercancía lícita a un precio determinado ¿por qué el legislador ha entrometerse y cambiar artificialmente las condiciones que aquellos libremente han pactado? Porque, no nos engañemos, ese acuerdo es, desde antes de que se inventaran los grupos de presión, el acto de comercio y lo otro es puro intervencionismo y tratar de asegurar mayores ingresos de alguien frente a muchos al margen de la ley de oferta y demanda y falsificando la libre competencia.

Y al hilo de los resultados económicos comerciales, algún dirigente de organizaciones empresariales se ha apresurado a dar titulares de prensa llamativos, aunque creo que muy poco rigurosos. Por ejemplo: “La campaña de Navidad incrementa un 8% las ventas del pequeño comercio”, titular aparecido el día 8 en el diario digital CanariasAhora. Sorprende la eficacia intergaláctica de esos pequeños empresarios, y de la asociación que dice representarlos, para que justo un día después del cierre de la campaña de Navidad y Reyes ya sepan que el incremento global del sector ha sido del 8%, se supone que sobre el mismo periodo del año anterior, que eso no lo aclara la noticia. Pero es que el sistema estadístico que deben haber montado, no se sabe si con alguna subvención pública, es tan eficaz que, decimal arriba o centésima abajo, la suma de las ventas en las miles de empresas existentes en las zonas turísticas descendió en un 6,75%. El dirigente empresarial aclara y dictamina que esta bajada es debida a la “mala calidad” de los turistas y al efecto del “todo incluido”. Así, sin anestesia.

Pero si a Humphrey Bogart en la película Casablanca siempre le quedó París, a mí también siempre me quedará la duda de que si este descenso, caso de haberse realmente producido, no podría estar motivado porque muchos comerciantes y restauradores se empeñan en que los turistas compren o coman lo que ellos no quieren ni adquirir, ni degustar. Si esto fuera así, esos clientes se estarían comportando exactamente igual a como usted o yo lo haríamos en vacaciones, esperando gastar su propio dinero en lo que cada uno desea y le produce felicidad, y no en comprar aquello que al comerciante le interesa. En otras palabras ¿no podría suceder que en vez de ‘mala calidad’ del turista haya una ‘pésima representación’ de la oferta comercial potencial? Quizás no sea una simple pregunta retórica, tal vez es la clave del futuro.

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