Pocas veces a lo largo de la historia, los grandes problemas que se han suscitado dentro de los estados o entre naciones distintas se han solucionado por consenso. Aunque también es cierto que las personas o grupos políticos que ejercían el poder en esos momentos, siempre que la situación fuera especialmente grave, solían clamar solicitándoselo a los discrepantes.

Define el DRAE consenso como un acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos. Esta manera de alcanzar una postura común sobre un problema fue ampliamente utilizado en tiempos antiguos, donde la urgencia no dejaba demasiado margen a las especulaciones de cada cual. De hecho, por ejemplo en el código romano de Justiniano, era usual la toma de decisiones por unanimidad, obligando a los que durante las discusiones previas habían manifestado posturas contrarias a la adoptada, como diríamos hoy, no sólo a aceptar democráticamente la decisión mayoritaria, sino incluso a asumirla como propia renunciando expresamente a expresar cualquier discrepancia en el futuro.

Era el principio de la aquiescencia, que en las antiguas comunas germánicas medievales se solía formalizar tomando un juramento de afiliación y obediencia a los asistentes. Y aún hoy en día, aunque no tan frecuentemente, tampoco es raro encontrar esta práctica de unanimidad. Por ejemplo, las decisiones acordadas en el seno de un Consejo de Ministros se presentan como acuerdos unánimes y solidarios, no pudiendo legalmente ninguno de sus miembros manifestar su discrepancia con la decisión tal vez adoptada mayoritariamente. Igual sucede con las deliberaciones habidas dentro de un Sínodo de Obispos para la elección de Papa.

Por contra, no es el caso del Parlamento, donde no es infrecuente poner de manifiesto un voto particular y explicar el por qué se está en desacuerdo con la decisión mayoritaria, aunque luego lógicamente la acate como buen demócrata. Y para rizar el rizo, después de un acuerdo quieren reexplicar su postura hasta los que lo han votado favorablemente, sobre todo si hay cámaras de TV presentes. Y en el Parlamento esto es así porque allí están, o debieran estar, representadas todas las ideologías con un cierto apoyo popular. El DRAE define este concepto como el conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.

Pero una cosa es que el gobernante de turno solicite un consenso en torno a un problema específico, para el cual todos deben renunciar a su componente ideológica, y otra cosa bien distinta es pretender que por aclamación manifiesten una adhesión inquebrantable al Presidente del Gobierno, a sus obras y a sus pompas. Esa postura se parecería mucho a la que se deduce del grito futbolero ‘Viva er Betis manque pierda’, o aquel otro más político de ‘¡vivan las caenas!’. Se puede estar de acuerdo unánimemente en los principios básicos pero discrepar diametralmente de la política concreta para tratar de llevarlo a la práctica. En la España de los años 70 se pudo llegar relativamente fácil a un consenso de amplia base social sobre la necesidad de elaborar un texto constitucional, pero cuando se pusieron a redactarlo cada grupo puso sobre la mesa su propia ideología y la forma en que entendía se debía conducir nuestro futuro político. Las decisiones se tomarían ya por acuerdos mayoritarios.

En estos tiempos de pasteleo ideológico que sufrimos, los políticos son muy proclives a utilizar una nueva jerga para aparentar que se está inventando un nuevo concepto que ya conocían los estudiosos de la historia. De forma esquemática podría afirmarse que hoy en día unas cuantas ideas políticas parece que han muerto, otras están en coma o las más, al menos, gravemente enfermas. Y a la espera de su resurrección o de su convalecencia, han sido sustituidas por dos sucedáneos ‘la gobernabilidad y el consenso’. Se oyen cosas tan ininteligibles como que los diversos partidos políticos han de estar de acuerdo con el gobierno, por mor de facilitar la gobernabilidad, obligándose a llegar a un consenso. Se sustituye el pensamiento propio, por otro ‘políticamente correcto’ que evite, o al menos alivie, las tensiones reales y los enfrentamientos dialécticos. ¿Y esto no se parece muchísimo a lo que practicaba el fascismo puro y duro?

En acertados versos del portugués Fernando Pessoa, sustituyendo la palabra poeta por político, y aprovechando que el Guiniguada pasa frente al Teatro Pérez Galdós, se podría decir que:

“El político es un fingidor.
Finge tan completamente,
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente”.

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