Mal asunto es cuando unos y otros invocan continuamente que se debe respetar a tal o a cual institución, porque es síntoma inequívoco de que aquella o lo ha perdido y hay que recordar que antes lo tuvo, o en realidad nunca lo ha tenido, aunque los interesados se empeñen en hacernos creer otra cosa. Peor aún es cuando se solicita ese respeto invocando la democracia, como si la verdad o la justicia pudieran establecerse siempre por votación mayoritaria popular sin límites y por simple voluntarismo. La patita peluda de la demagogia les asoma sin recato.

Si no fuera, por ejemplo, porque algunas decisiones de jueces y fiscales sorprenden y parecen estar fuera de toda lógica ¿por qué o para qué se pide que hay que respetarlas con tanta insistencia y, últimamente, con tanta frecuencia? Si la mayoría de las personas las considerara dentro del ámbito del sentido común, cuando se trata de ciudadanos corrientes y molientes, o jurídicamente bien fundamentadas, si son profesionales del derecho los que las critican, se acatarían sin más y sin otra discrepancia que la proveniente del pataleo del que pierde, porque sin duda en la inmensa mayoría de los casos, unos ganan y otros pierden. Cuando se exige respeto es porque una significativa mayoría no encuentra esas decisiones respetables.

El caso de los Parlamentos resulta aún más patético o tragicómico. ¿Cómo se puede pedir a los ciudadanos respeto si los propios diputados parecen no tenérselo? Nos dicen machaconamente que ese lugar es donde se ‘parlamenta’ y que es el templo de la palabra, es decir donde se exponen los proyectos de ley para que los diputados que representan, dicen, al pueblo soberano discutan los argumentos a favor y en contra hasta lograr un acuerdo mayoritario. Convendría ahora recordar aquellas lúcidas palabras del discurso de Pedro Lezcano al ser investido Doctor Honoris Causa: “El Parlamento es la cámara más baja de la democracia. Durante el cuatrienio de la legislatura jamás desde la tribuna pude ver a ninguno de los sesenta diputados convencer a otro miembro de la cámara con sus argumentos. Ni un solo orador hizo varias jamás los criterios fijados de antemano por el clan dirigente”.

Y si esto lo dice alguien tan intelectualmente reputado y desde dentro de la institución, visto desde fuera es aún peor. Para el que asiste como oyente a una sesión parlamentaria, sobre todo si es la primera vez que lo hace, la falta absoluta de respeto mutuo con que parecen conducirse sus señorías es sobrecogedora y descorazonadora. Si la sesión no es televisada, es muy probable que los escaños estén casi vacíos y que los pocos diputados que allí quedan hablen unos con otros, incluso de pié y dando la espalda a la persona que habla desde la tribuna de oradores. Supongo que también a los parlamentarios debutantes se les debe encoger el alma, el espíritu y todo lo encogible cuando, después de haber preparado concienzudamente su discurso y su argumentario, advierte que habla para las paredes, y que sólo le escuchan, y eso por obligación profesional, los dactilógrafos presentes para redactar el Diario de Sesiones. El espectador novato queda estupefacto y no sale de su asombro hasta que suena el timbre de aviso para una votación. De repente los escaños se llenan y sus señorías escudriñan la seña del portavoz de su grupo para votar obedientemente según su indicación algo que ni conocen, ni probablemente les interesa, como actuaban los gladiadores ante la indicación del Emperador, casi indiferentes a una decisión que puede cambiar la vida de mucha gente. Increíble si no fuera cierto, paradoja donde las haya.

Si la sesión es televisada, probablemente haya mayor presencia de diputados en los hemiciclos, salvo cuando intervienen los grupos minoritarios. Aún así es fácil que las cámaras capten imágenes de algunos leyendo descaradamente el periódico o conversando tranquilamente con el del escaño vecino, o votando con las manos y los pies, que de todo ha habido y hay en la viña del Señor. O tal vez otro sesteando, no digo ni dormido ni durmiendo para no tener que recordar la celebérrima anécdota de Camilo José Cela, por algunos muy festivamente celebrado gracias a sus malcriadeces y salidas de tono.

Y cuando de comisiones de investigación se trata, mejor sería llamarlas comisiones de inculpación de la mayoría a la minoría, la falta de respeto a los ciudadanos es aun mayor, si es que cabe tal cosa. Cualquier lector de periódicos puede comprobar como el borrador de las conclusiones ya está redactado antes de que empiecen las comparecencias. Y si este es el respeto que ellos se tienen a sí mismos, ¿cómo pretenden que los ciudadanos se lo tengamos a esas instituciones? Dice un viejo adagio que sólo se respeta a quien se hace respetar. Y eso no implica el uso de la fuerza ni la demagógica ‘agipro’, aunque se disfrace de responsabilidad democrática y de querer averiguar la verdad, porque a pesar de ciertos deseos partidistas las cosas son como son y no, tal vez, como la mayoría parlamentaria quisiera que fueran.

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