Hace pocas fechas se han publicado en la prensa dos noticias gravísimas que, sin embargo parecen haber pasado casi desapercibidas para el gran público y para los propios medios de comunicación, con comentarios esbozados casi de puntillas. La primera fue que España, como país, está ubicada dentro de las últimas posiciones en la tabla de resultados sobre formación académica de nuestros estudiantes. Y la segunda es que Canarias se sitúa casi en la cola de España, es decir, en la cola de la cola.

Si los evaluadores de la OCDE en vez de interesarse en conocer el nivel de formación, es decir los conocimientos científicos y humanísticos de los alumnos, hubiera pretendido medir la educación inculcada, entendida como adoctrinamiento, tal vez los resultados serían otros y figuraríamos entre los del pelotón de cabeza, al menos en las comunidades con más fervor nacionalista. El resto del mundo, para bien de sus estudiantes, ya han puesto remedio o se han curado de la grave enfermedad pedagógica, que se inició y extendió como una epidemia con las peculiares teorías que Rousseau expuso en su libro ‘Emilio o la Educación’. Pero en España, los modernos y postmodernos teóricos de la Logse persisten en sostenella y no enmendalla, a pesar de que los resultados demuestren el evidente fracaso de sus bellas teorías. Practican lo que se suele comentar al hablar de manipulación periodística: “no dejes que la realidad te impida publicar una buena noticia”. Y lo peor no es que ellos se equivoquen, lo auténticamente grave es que las víctimas inocentes de su ineptitud son los actuales jóvenes, que por primera vez en siglos están peor preparados que la generación precedente. Los culpables, según los verdugos, son dos: los maestros, que no se implican como aquellos piensan que debieran, y la falta de financiación, que no reciben suficientes subvenciones esos insignes pedagogos para seguir disparatando a placer, el suyo, que el disgusto es de nosotros y de nuestros hijos.

Pero, a mi entender, la clave de esta tragedia está expresada magistralmente en el libro ‘El conocimiento inútil’ de Jean-Françoise Revel cuando dice: “El profesor puede enseñar o doctrinar. Cuando la enseñanza prima sobre el adoctrinamiento, la educación cumple su papel principal, en interés de los que reciben y en interés de la democracia bien entendida. En cambio, cuando es el adoctrinamiento el que se impone, se convierte en nefasta, abusa de la infancia y sustituye la incultura por la impostura”.

Y los nacionalistas, (los históricos y los sobrevenidos o de hecho, como las parejas no matrimoniadas pero legalizadas, y en ambos casos por razones económicas), añaden un plus de adoctrinamiento por su cuenta. En Cataluña, por poner un caso, los chicos de primaria aprenderán que el Ebro es un río catalán que nace en tierras extrañas. O en el País Vasco, siguiendo la doctrina de Sabino Arana, les enseñarán que los ‘bizkainos’, (así lo escriben cuando lo hacen en castellano, que suele ser la única lengua que conoce la mayoría), provienen de los descendientes del hijo mayor de Noé, que llegó con su hermano hasta las Columnas de Hércules tras el Diluvio Universal. Uno, subió hacia el norte y de ahí procede la noble raza vasca, pero el otro bajó hacia el sur, siendo sus descendientes menos tostaditos los bereberes y los que más tomaron el Sol, los subsaharianos. Tal vez por esas reminiscencias fraternales es por lo que los que llegan en cayucos desean continuar viaje hacia el norte, como asegura Segura Clavel que quieren, y no quedarse en Canarias. En tierra de nadie, en la meseta castellana, quedaron los maketos, gentes que por estas tierras llamamos peninsulares. El propio Sabino Arana nos dejó escrita esta ‘perla cultivada’ en la revista Bizkaitarra, nº 29: “La fisonomía del bizkaino es inteligente y noble; la del español inexpresiva y adusta. El bizkaino es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe. El bizkaino es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español, es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos”.

Con estos mimbres se pretende hacer un cesto y adoctrinar a los tiernos infantes. No es riguroso ni cierto culpar de este cataclismo académico sólo a los gobernantes de hoy, es necesario mirar unos años atrás y recordar quienes fueron los que originaron este desastre en España y en Canarias. Por las declaraciones de algunos políticos, sobre todo en las Islas, parece que acaban de llegar de allende los mares y que nunca han roto un plato, angelitos que son, olvidando las propias responsabilidades que como personas o como cargos públicos de un partido político han tenido en el pasado. Para los desmemoriados, una viejecita entrañable anuncia por televisión una maquinita que parece obrar milagros con los olvidadizos. O con los sectarios, que de todo puede haber, aunque pretendan pasar desapercibidos así con disimulito.

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