Fermín, ujier del Congreso, se adhirió al apagón solidario desconectando el aparato fonador de sus señorías. El medidor de estulticia que llevaba consigo registró una disminución abrupta, inequívoca. Sobrevino el silencio en los escaños, lo que permitió a los presentes reflexionar sobre las insensateces que habían estado perpetrando durante el Pleno vespertino. Cinco minutos después, con la capacidad vocal restablecida, nadie osó pronunciar palabra. En tan breve lapso de tiempo, habían conseguido lo que no pudieron lograr en dos años de sesiones: mejorar el Índice de Bienestar Mental Armonizado del Ciudadano.

Share