Tengo vecinos presuntamente corpóreos, que supuestamente habitan en mi edificio. Lo sé por los coches que vienen y van en la cochera y los papeles que aparecen y desaparecen en los buzones de un día a otro. Son espectros huidizos e inclasificables, que apenas atisbo cuando recorro las escaleras. Se escabullen en silencio detrás de las puertas, en el ascensor o dentro de los trasteros, renuentes al saludo y a la conversación, como si con una palabra pudiera exorcizarlos.

Tengo, sin embargo, otros vecinos intangibles pero ciertos. Algunos son sólo un nombre, una idea, un sentimiento, pero están a mi alcance, al cabo de una frase, un sonido o una imagen. Los leo, los escucho, los siento, los hago míos en cualquier momento y me tranquilizan. Sé que cuando les apetezca llamarán a mi puerta, donde les espero con la sonrisa cargada, el corazón caliente y el verbo presto.

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