He de confesarte que, hubo un momento en mi vida, en el que me parecía lógico poner en marcha una fábrica de hielo en Groenlandia contigo, estaba convencida de que nos íbamos a forrar.

He de admitir que, el lugar más seguro del planeta para mí, era el recodo formado por tu cuello y tu hombro, exactamente entre la base del cuello y el hombro izquierdo.
¿Por qué no decirlo?, las yemas de tus dedos por mi nuca me trasportaban al centro de la tierra, un lugar denso, caliente y con mucha presión.

Y lo que más vergüenza me da reconocer, es el número de películas consideradas por mí como auténticos tostones, y que, para no contrariarte, las he visto como si estuviera viendo un ciclo de Cary Grant.

Como te conozco sé lo que estarás pensando al recibir la carta, es más, veo media sonrisa en tu cara mientras escribo, y veo como te pones la mano derecha bajo la mandíbula, en un gesto que delata tu aire de superioridad, pero a la vez, te mueves en la silla y te tocas la oreja, la carta, muy a tu pesar, te molesta.

Lo que más martillea tu cabeza es ¿Por qué ahora?. Para ti es difícil comprender un sencillo ‘porque sí’, para mí es tan fácil que mira, aquí estoy, escribiendo, y dentro de un rato enviándotela por e-mail.

Es una carta de amor y no de desamor, porque es muy difícil dejar de sentir este amor, y como soy práctica, y no me gusta sufrir, prefiero seguir amándote, sabiendo que mi amor no obtiene la respuesta esperada, pero es mejor admitir la realidad que ir en contra de los sentimientos.

Te escribo hoy esta carta porque me he apuntado a un curso de guiones de cine, y aunque sé que lo nuestro no es posible, en el hipotético caso de que volviéramos a tener algún que otro revolcón, con presión, densidad y calor, debes saber que no vuelvo a ver ningún tostonazo de película contigo.

Concluyendo, revolcones sí (con el coste emocional y erótico que suponen), pero películas-tostonazos no.

Siempre tuya, pero comprando yo la cartelera.

María, la que no te olvida.

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