Me encanta contemplar la oscuridad de los túneles desde las ventanillas del Cercanías o del Metro. Ya de pequeño siempre pedía permanecer en el vagón delantero de los viejos convoyes verdes del suburbano de Barcelona, con la nariz pegada al cristal viendo como la oscuridad iba siendo invadida. Esta curiosa afición escondía y esconde un confesable anhelo: descubrir entre tramo y tramo los accesos de servicio a dichos túneles. Puertecillas, agujeros o arcos iluminados que sugieren secretos pasadizos o misteriosos laberintos en las catacumbas ciudadanas, habitados por seres fuera de la realidad u operarios silenciosos y sucios de penumbra; rutas de escape al cielo abierto, respiradores que oxigenan la cotidianeidad subterránea, tal vez atajos a inesperadas felicidades… Del mismo modo, reconozco en ellos los agujeros que taladran hasta las más negras conciencias humanas, ofreciendo a sus propietarios la oportunidad de renovar humores viciados, conceder perdones a priori imposibles y resarcir, aun con luz exigua, las briznas de malicia acumulada durante toda una vida.

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