Ante la cercanía de la próxima confrontación electoral se ha abierto la veda para todo tipo de acuerdos o preacuerdos, reales o imaginados, rogativas y promesas a la patrona del lugar o consultas a oráculos laicos ubicados en los gabinetes de adivinos para intentar prefijar lo que sucederá cuando los ciudadanos pongan su papeleta en las urnas. O no la pongan, porque cada vez que barruntan tiempos como los actuales las gentes comentan entre sus amigos y conocidos que están hartos y que no irán a votar “más nunca”, aunque a última hora se arrepientan y vayan, para a luego pasarse cuatro años llorando por las esquinas y arrepintiéndose de haberse arrepentido. Este sentimiento se reflejará después dentro de las encuestas de opinión en la escasa credibilidad y baja estima de las gentes hacia la casta política.

Luego, ese votante medio no militante de partido, cuando se publiquen los resultados electorales, se asombrará otra vez de que todas las opciones proclamen, sin sonrojarse, haber ganado en las elecciones. Y se horrorizará cuando compruebe que va a gobernar el partido que él expresamente no votó, pero lo hará con la ayuda de los representantes que sí votó. Para remachar el clavo, se sentirá insultado en su inteligencia cuando le intentan justificar los pactos, apaños sería otra acepción correcta para la situación, diciendo que esa componenda aritmética es lo que el pueblo anhelaba. ¡Qué falta haría una segunda vuelta!

A ese día de votaciones y apaños varios lo llaman la fiesta de la democracia. Para sus adentros, ese ciudadano sensato y con sentido común, pensará que sería mejor que la fiesta se prolongara durante los próximos cuatro años en lugar de que se reduzca a tan sólo unos días. Y, con el alma dolorida, mirará con rabia o con desprecio esas caras sonrientes y llenas de dientes que aún parecen querer contarle milongas por las calles desde la cartelería electoral aún no retirada. El único consuelo que le queda será la certeza de poder ir a los mercados municipales sin peligro de que le den una flor, un folleto lleno de promesas incumplibles, beso al niño, estrujarle la mano o palmotearle la espalda.

Se oye con relativa frecuencia en tertulias políticas opinar sobre el fuerte bipartidismo general que parece apoderarse de la escena política nacional, de toda España, y de la canaria en particular. Las comparaciones en bondades y maldades con el mal llamado bipartidismo inglés o americano proliferan. Pero, a mi entender, habría que precisar al respecto dos cuestiones previas. La primera es que el uso incorrecto de la palabra bipartidismo, pues obviamente se presentan a las elecciones, aquí y en casi todos los países del mundo libre, más de dos partidos. Lo que sí es cierto es que los votos se suelen concentrar mayoritariamente en torno a dos partidos o dos coaliciones, produciendo un efecto de bipolarismo muy acusado, dejando a las otras opciones en liza como residuales, con o sin representación parlamentaria según los sistemas electorales adoptados en cada país. Por lo tanto, ‘bipartidismo’ y ‘bipolaridad’ no son sinónimos.

La segunda precisión a esta dicotomía es más de fondo. En realidad, y a diferencia de nosotros, en Inglaterra o en los Estados Unidos se vota a personas y no a partidos políticos. No hay listas, ni abiertas ni cerradas. Eso al margen de que cada candidato se defina genéricamente como de una u otra tendencia, sin que eso implique aceptar una disciplinada unidad de acción y de pensamiento como en los partidos políticos al uso en España. Dicho de otro modo, mientras que en España hay una partitocracia que gobierna, en los otros países señalados existe un grupo de personas elegidas que se agrupan, más o menos y según los asuntos a decidir, en torno a dos grandes corrientes de pensamiento: laboristas y conservadores en Inglaterra, demócratas y republicanos en USA. Saber si eso es bueno o malo es harina de otro costal. Lo cierto es que hay diferencias sustanciales y ajenas a las valoraciones, las más de las veces subjetivas y poco informadas, de los sistemas electorales posibles o implantados a lo largo y ancho del planeta Tierra.

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