Periódicamente muchos medios de comunicación se hacen eco, publican y analizan, resultados de encuestas sobre las opiniones políticas de los españoles que han sido tabuladas por diversos institutos de demoscopia, aunque quizás el más difundido sea el Barómetro del CIS o Centro de Investigaciones Sociológicas. De esa proliferación de encuestas, no todas ellas respetables por cierto, se suelen destacar las respuestas a la pregunta sobre la valoración que les merecen a los ciudadanos los políticos conocidos, aunque no acabo de comprender el empeño en llamarlos líderes.

Prácticamente nunca he visto que se publique con claridad en qué o bajo qué conceptos han sido valorados esos personajes. Si la pregunta es genérica o vaga, la respuesta también será igualmente imprecisa, dependiendo de la interpretación que de la cuestión haya hecho el entrevistado, y puede inducir, y de hecho induce, a error en la apreciación o en la tabulación de los resultado. Como ilustración de esta apreciación cabe recordar que en su momento Julio Anguita era muy bien valorado, bajo ese sentido genérico y difuso, y supongo que lo sería por la gran coherencia aparente de su discurso y la honradez intelectual con sus principios (cosa infrecuente en los políticos), pero eso no significaba que se compartiera su ideología y por eso no era votado en la misma medida que valorado. O el caso de Adolfo Suárez, que llegó a decir: “Por favor, valórenme menos y vótenme más”.

Como los políticos por los que se pregunta son seres humanos y como también la realidad cotidiana es muy compleja, quizás sería más significativo a la hora de extraer conclusiones útiles para la resolución de problemas, el preguntar por la valoración que merece al encuestado la actuación política de cada uno de esos personajes frente a un problema concreto. Pudiera darse el caso que la posición pública de un político ante un determinado problema sea muy valorada por los ciudadanos mientras no lo sea tanto, o incluso reprobada, en otro asunto distinto. Aunque conviene recordar que, con mucha frecuencia, es la posición de partido más que la personal la que se refleja en las declaraciones públicas. Una cosa es la persona y otra bien distinta puede ser el político que quizás, por disciplina de partido, se vea obligado a defender posturas contrarias a lo que él piensa en su interior. Al fin y a la postre el político es un ejecutivo, representar es su trabajo y el partido su empresa, por eso cambia hasta de modo de vestir y hasta se pone corbata a juego.

Por eso sería muy bueno explicitar en esos resultados publicados bajo que aspecto concreto se ha valorado a esos presuntos líderes políticos y sociales. Un candidato puede ser altamente estimado en el trato como persona, por su simpatía o por su físico incluso, pero podría dudarse de su capacidad de gestión de los asuntos públicos. Pasaría la asignatura de ciencias sociales y políticas con un ‘progresa adecuadamente’, pero recibiría la calificación de ‘éxito aplazado’ en la asignatura de gobernación.

Es conveniente hacer notar que estos estudios de opinión, si se hacen correctamente y no se introduce el sectarismo político en su diseño, pueden ser un instrumento fundamental para que los políticos conozcan como perciben los ciudadanos sus actuaciones, así como los puntos de vista, pensamientos, sentimientos, votos o deseos de la población y no escuchen solamente a los aduladores complacientes que acostumbran a rodear a los gobernantes. Como curiosidad etimológica cabe señalar que la palabra demoscopia, que designa la ciencia que estudia estas cuestiones, procede del griego antiguo, escrito en caracteres latinos, ‘démos’=’pueblo’ + ‘skopeín’=’espiar’. Por cierto, y por alusiones al hilo de ‘espiar’, en los mentideros de nuestras sociedades isleñas se está instalando cada vez con más fuerza la idea paranoica de que un empresario o un político no puede ser importante o influyente si su móvil no está pinchado.

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