Me alertan mis amigos de La Cueva de Zaratustra de una “noticia surrealista”, y ciertamente tiene toda la pinta de serlo. Todo parece indicar que Alfredo Bryce Echenique, uno de los escritores contemporáneos vivos más respetado y laureado del planeta (premio nacional de Narrativa de España 1998 y premio Planeta en el 2002), puede adolecer de cierta tendencia al desliz en formato de ‘copy & paste’, ‘copia y pega’ vamos, el plagio de toda la vida. La última víctima de este supuesto vicio del literato es José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, escritor gallego y colaborador habitual de la propia Cueva de Zaratustra.

Y cuando decimos la ‘última’ no queremos decir la ‘única’, sino exactamente eso, el más reciente episodio de una leyenda negra que comienza a tomar tintes de escándalo. ‘El País‘ se ha hecho eco del caso, y en La Cueva de Zaratustra tienes toda una relación de cinco deslices del escritor. Por lo que he podido ver, hay poco margen para la duda.

Yo me limito a exponer aquí los textos de la última denuncia:

– Texto de José María Pérez Álvarez, publicado en la revista ‘Jano’ en marzo de 2005 bajo el título ‘Las esquinas habitadas’:

“A veces la vida se carga de un simbolismo tan evidente que resulta innecesario hacer hincapié en él. Hace unos días, cuando el invierno empezaba a cornear los callejones y los parques y las plazas y los puentes, murió un indigente de cuarenta y tres años mientras dormía en el portal de una sucursal bancaria. Parece una canción de Sabina pero es una realidad tan constante en nuestras vidas, en nuestro mundo, que a veces pasa inadvertida. Vinieron esas noches heladas de invierno y una de ellas lo mató: lo remató. La vida y él mismo al unísono se habían encargado de irlo debilitando día a día, hasta que su organismo, esquelético, no aguantó los grados bajo cero de aquella noche, mientras dormía entre cartones en el portal de una entidad bancaria. Era ya un montón de huesos que apenas se sostenía contra una esquina determinada, en una de las calles más comerciales de la ciudad, extendía la mano y pedía limosna sin decir palabra; pasábamos ante él como ante una estatua callejera, a veces le dábamos alguna moneda y seguíamos el camino tranquilamente. El mundo está lleno de esos ejemplos, esos seres que sobreviven sin causar alboroto, sin dejar apenas memoria y se van a morir a los sitios más inadecuados; o tal vez mueran en esos sitios inadecuados para recordarnos el contraste insoportable que es la existencia. La tierra prometida. En realidad, suena a literatura, a novela de Dostoyevski, suena, incluso, a mala literatura por evidente. Y el mundo es eso: mala literatura. De un realismo feroz. Pero la vida está más en las novelas de Dostoyevski que en los artificios de Vladimir Nabokov: dos rusos con un concepto de la literatura, y de la vida, tan opuestos. Los mendigos escogen sitios extraños para morirse o la existencia les suministra sitios extraños para matarlos. Uno puede sentirse o no culpable de esas muertes ajenas: no sólo las que suceden en las esquinas de nuestras calles sino de las otras, de las que ocurren a cientos de kilómetros de nosotros, en el otro extremo del mundo; uno sospecha que existen extraños vínculos en todo lo que sucede a nuestro alrededor, que cuando hacemos algo estamos escribiendo también la historia de otros países, de otros pueblos. Los mendigos que mueren en África son los mismos mendigos de nuestra ciudad, de nuestra civilización: nos pertenece unívocamente todo: el amor y la muerte, el arte y la enfermedad, la alegría y la esperanza, los sueños y la miseria. Todos participamos de alguna forma en cualquier suceso de la humanidad y lamentamos las guerras y las muertes que de alguna forma nos aquejan aunque las veamos distantes como una estrella. A veces mueren a nuestro lado mendigos familiares y uno cree percibir una señal secreta en su desaparición, una alerta, una falla en nuestra conciencia que suele pasar al lado de esos seres con la indiferencia de quien cree que es inútil luchar, que siempre existirán mendigos, que los mendigos deben morirse en los bancos o en los parques o debajo de los puentes. Todos morimos sin alcanzar la tierra prometida”.

– Texto de Bryce Echenique, publicado en ‘El Correo de Lima’ el 12 de noviembre de 2006 bajo el título ‘La tierra prometida‘:

“A veces la vida se carga de un simbolismo tan evidente que resulta innecesario hacer hincapié en él. Uno de esos días de Madrid en que el invierno empezaba a cornear los callejones y los parques y las plazas y los puentes, murió un individuo de 43 años mientras dormía en el portal de una sucursal bancaria. Parece una canción de Sabina, pero es una realidad tan constante en nuestras vidas, en nuestro mundo, que a veces pasa inadvertida. Vinieron esas noches heladas de invierno y una de ellas lo mató. O más bien lo remató. La vida y él mismo al unísono se habían encargando de debilitarlo día a día, hasta que su organismo, esquelético, no aguantó los grados bajo cero de aquella noche, mientras dormía entre cartones en el portal de una entidad bancaria. Era ya un montón de huesos que apenas se sostenía contra una esquina determinada. En una de las calles más comerciales de la ciudad, extendía la mano y pedía limosna sin decir palabra. Pasábamos ante él como ante una estatua callejera y a veces le dábamos alguna moneda y seguíamos el camino tranquilamente. El mundo está lleno de esos ejemplos, de esos seres que sobreviven sin causar alboroto, sin dejar apenas memoria y se van a morir a los sitios más inadecuados. O tal vez mueren en esos sitios tan inadecuados para recordarnos el contraste insoportable que es la existencia, la tierra prometida.

En realidad, suena a literatura, a novela de Dostoievski, suena, incluso, a mala literatura, por evidente. Y es que el mundo es eso: mala literatura. Muchas, muchas veces. De un realismo feroz. Pero la vida está más en las novelas de Dostoievski que en los artificios maravillosos de Nabokov: Dos rusos con un concepto de la literatura, y de la vida, tan opuestos. Los mendigos escogen sitios extraños para morirse o la existencia les suministra sitios extraños para matarlos. Uno puede sentirse o no culpable de esas muertes ajenas: no solo de las que ocurren en las esquinas de nuestras calles sino de las otras, de las que ocurren a miles de kilómetros de nosotros, en el otro extremo del mundo”.

¿Tú cómo lo ves?

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