Mucha tila, o cualquier otra agüita que haga la misma función, tendrán que consumir los candidatos de los numerosos partidos políticos que aspiran a ser cargos públicos en las próximas elecciones, que se acercan a toda velocidad, para aguantar de una pieza los dimes y diretes, calumnias e insultos, que unos y otros se dedican sin el más mínimo pudor o vergüenza ajena por los pecadillos propios. La carrera empezó en toda España hace tiempo, pero en nuestras islas, afortunadamente, no ha funcionado lo de tener una hora menos para empezar antes la lucha sin cuartel.

Ya en las entrevistas radiofónicas han comenzado los chascarrillos que se lanzan los cabezas de cartel entre sí, más o menos ingeniosos, como aquel que protagonizó José Carlos Mauricio al ser preguntado por la agilidad de López de Aguilar: “Es verdad, Juan Fernando va siempre corriendo; el problema es que no sabe a dónde va”. El comentario jacarandoso puede escocer, pero no es ofensivo, es descriptivo. Si todos los demás fueran así, nos divertiremos.

Es también cierto que el ambiente político se encuentra enrarecido. Tengo entendido que tan sólo en Santa Brígida hay, de momento, once candidaturas, casi una por familia. Y lo peor es que ese clima se ha trasladado a las familias y a los grupos de amigos, que con más facilidad que de costumbre pueden acabar embroncados por asuntos de la política. Parece que ya no hay confrontación de ideas sino auténticos odios tribales en lo personal. Como sentenciaba Sir Winston Churchill, hay dos clases de enemigos: los declarados y visibles, por un lado, y los peores, que son los compañeros de partido en plena campaña electoral.

Entre los políticos profesionales y los aspirantes a serlo hay juegos florales, cuando no son duelos a florete, para estar donde creen que deben estar y además porque están convencidos de que se lo merecen. Antes muertos que no en listas y en puestos de salida. Los candidatos nominados, es decir los nombrados a dedo o los auto designados, están felices y sonrientes. Los otros, como pajaritos sin nidar, a la búsqueda de unas siglas que los acojan, en cabecera de cartel naturalmente. Y estos últimos no es que sean tránsfugas como algunos rivales dicen, son simplemente profesionales de la política. Ese es su trabajo y, como haríamos usted o yo, se emplean allá dónde los quieren y les interese. Citando de nuevo a Churchill, tal vez “el problema radique en que los políticos de nuestra época no quieren ser útiles sino importantes”.

Una forma de acabar con los espectáculos que dan todos los partidos a la hora de confeccionar las candidaturas sería que no hubiera listas, no que éstas sean abiertas, sino que no las haya. Que cualquier persona pueda ser elegible sin necesidad de militar en un partido político y que los ciudadanos podamos elegir a personas con nombre, apellido y domicilio conocido, no a una lista que propone un partido de la que no conocemos a casi nadie. Esa cercanía, sobre todo en las elecciones municipales, es importante para muchos vecinos. Eso hacen desde siglos los ingleses y no les va tan mal. Ellos conocen uno a uno a sus representantes, porque nadie se los ha impuesto, los han votado nominalmente, no como miembros de un equipo de estrellas. ¿Han caído en la cuenta alguna vez del triste papel que desempeñan aquellas personas que han prestado su nombre para poder rellenar una lista pero que saben con la misma certeza de que existen los impuestos, que no podrán salir jamás elegidas? Chico y chica, rosa y cardo, en cualquier caso la lista es tan sólo el florero donde lucen.

Cabría preguntarse, tal vez haya llegado el imperioso momento de hacerlo, el por qué los partidos políticos se oponen como panteras a que los ciudadanos libres votemos directamente a personas concretas en la que podamos creer o confiar, a beneficio de inventario, y no a algo tan anodino como es una lista de nombres. Y antes de que algún amable lector me lo recrimine, reconozco mi inocencia, mi candidez y la firme creencia de que aún existe alguien que puede pensar en el bien común, además de en sí mismo. Como decía el propio Mesías “ama al prójimo como a tí mismo” o dicho de forma mucho menos celestial, no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti mismo. Con un candidato así me conformo y, quién sabe, hasta lo votaría.

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