Lo que para el hombre es sinónimo de prestigio, poder y admiración, para la mujer ha sido a través de la historia una maldición. Ser inteligente, curiosa o culta es una provocación o un pecado, siendo como es su condición, según las más rancias ideologías y creencias religiosas, la de mera servidora del varón. Culta y maltratada es, en opinión de los bárbaros, un binomio conveniente. Aún hoy. En pleno siglo XXI. Incluso en el ámbito de la Justicia y la democracia:
“La elevada formación de la mujer parece incompatible con la posibilidad de que ésta soporte durante años malos tratos psicológicos por parte de su esposo o pareja y no denuncie tal situación vejatoria, como así reza un auto del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Valladolid cuyo titular ha utilizado esta premisa como base de su fundamentación jurídica a la hora de archivar la denuncia que una vallisoletana presentó contra su marido por hechos, supuestamente, de esta misma naturaleza”.
Fuente: elperiodico.com
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A veces me da la sensación que algunos jueces viven en universos paralelos, alejados de la realidad actual de las cosas. Sólo así consigo explicarme que sean capaces de redactar resoluciones como la que nos ocupa.
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