William Turner - ‘Chichester Canal’ (1828)

De repente, media red se ha puesto a hablar del desastre climático de 1816, más conocido como ‘el año sin verano’. Lo he descubierto vía La Brújula Verde, y ahondando un poco más he visto que cuenta con página dedicada en la Wikipedia y que ha sido un tema recurrente en la blogosfera a través de los años. Quizás el post más completo sea el de Tecnología Obsoleta, que ofrece numerosos detalles y explicaciones del fenómeno.

Y lo cierto es que no es para menos, ya que los efectos del desmadre fueron tales que ríase usted del calentamiento global éste que nos ha tocado:

“En mayo de 1816, sin embargo, la escarcha quemó la mayoría de las cosechas que se habían plantado, y el 2 de junio una gran tormenta de nieve produjo muchas muertes humanas. En julio y agosto, se heló el río en un lugar tan al sur como Pensilvania. Las rápidas oscilaciones de la temperatura eran comunes, pasando en cuestión de horas de temperaturas normales de verano (tan altas como 35ºC) a temperaturas cercanas al punto de congelación. Los precios subieron considerablemente. La avena, por ejemplo, casi multiplicó por ocho su precio pasando de 12 centavos por bushel del año anterior a 92 centavos.

Europa, que todavía se estaba recuperando de las Guerras napoleónicas, padeció la escasez de comida. Hubo saqueos de almacenes de grano en Bretaña y Francia y la violencia fue peor en Suiza, donde el hambre forzó al gobierno a declarar una emergencia nacional”.

Nada tuvo que ver en este drama el gas invernadero ni las radiaciones. Todo fue mucho más natural, aunque terrible:

“Las alteraciones del clima ocurrieron debido a las erupciones volcánicas de la Montaña Tambora entre el 5 de abril y el 15 de abril de 1815 en la isla de Sumbawa en las Indias Orientales (hoy Indonesia) que arrojó a la atmósfera superior un millón y medio de toneladas métricas de polvo. Como es normal tras una erupción volcánica fuerte, las temperaturas mundiales descendieron debido a la reducción de la luz del Sol”.

Impresionante. Parece que no es el hombre, pues, el único que gusta de atentar de cuando en cuando contra su medio. Y, si no, que se lo pregunten a los cangrejos de Hoboro.

La imagen que ilustra el post lleva por título ‘Chircester canal’ y es obra de Joseph Mallord William Turner, el pintor que, según se cuenta, mejor supo reflejar en sus ocasos el cielo enrarecido de aquellos años. No he encontrado nada de Turner de los años 1815 y 1816, pero en la Wikipedia en inglés nos señalan esta obra de 1828 como una en las que se puede apreciar el fenómeno. Preciosa, en cualquier caso.

¿Un año sin verano? Quita, quita…

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