Creo que conocí a José Antonio en una de esas tocatas cuasi improvisadas de finales de los ochenta por alguno de los pueblos de Gran Canaria. Si me apuran diría Valsequillo, pero no llega a tanto mi memoria. Yo iniciaba mi andadura en solitario, a caballo aún entre Nueva Semilla y Manolo Almeida, y él se presentaba como parte de Trío Timple, tres adolescentes que acapararon casi de inmediato la atención del ‘mundillo’ musical de las islas por su juventud, su frescura y su apuesta por el desarrollo moderno del instrumento canario por excelencia.

Desde entonces, su carrera ha sido meteórica, no en éxitos, que también, sino en propuestas y aportaciones fundamentales a la historia del ‘camellito sonoro‘, como se le conoce también a este instrumento. No seríamos justos si vinculáramos la recuperación y avance del timple en la música canaria e internacional en estos últimos años exclusivamente a José Antonio, nombres como Totoyo Millares (¡cielos, está en la Wikipedia en alemán y no en en español!), Benito Cabrera y Domingo Rodríguez ‘El Colorao’ figuran también con nombre propio en esta pequeña gran revolución. Sin embargo, a él habría que considerarlo como el representante más arriesgado y universal de toda esta gran generación, estableciendo lazos afectivos y musicales con músicos y músicas de todo el planeta y de todo el amplio espectro de la composición contemporánea.

Nos encontramos casualmente hace apenas unas semanas a las puertas de ‘Canarias7’. Charlaba con Sergio sobre su nuevo trabajo, ‘Very Jar’, que estaba ( y está aún) a punto de presentarse. Sergio pertenece al equipo de Canarias7 Digital y ha colaborado como diseñador gráfico en el nuevo disco. Intercambiamos algunas ideas apresuradamente (los de casa siempre tenemos tiempo para estas cosas: acabamos viéndonos en cualquier sitio cualquier día) y esbozamos ideas para algún encuentro digital o alguna promo en la web, con descarga de algún tema incluida.

Hoy he tenido un día de perros, desde que esta mañana el dentista saciara todo su sadismo en mi mandíbula. Pero al consultar hace apenas unos minutos Canarias7.es, el dolor se me ha tornado llanto, desazón y desconcierto. José Antonio Ramos, el adolescente enorme y bonachón que aún tengo ante mis pupilas, ha muerto esta mañana a sus escasos 39 años.

Estoy de luto por un ser inmortal. Y eso puede que sea menos luto, pero no menos doloroso. Él es inmortal, su obra es ya inmortal, su recuerdo será siempre inmortal y el timple es hoy, 20 años después, mucho más inmortal que aquella tarde soleada en una de esas tocatas cuasi improvisadas por alguno de los pueblos de Gran Canaria. Los de casa, a veces, confiamos demasiado en el tiempo.

Adiós, José Antonio. It’ll be a JAR day’s night, como cuajada de malagueñas.

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