Obama y Biden saludan tras la victoria electoral (fuente: elpais.com / retoque: MV).

Obama y Biden saludan tras la victoria electoral (fuente: elpais.com / retoque: MV).

Asuntos personales me han impedido dar cuenta en el blog, como me hubiera gustado, de la jornada electoral y la elección de Barak Obama como primer presidente negro de EEUU. No obstante, pasada ya la fiesta, me gustaría dejar por aquí unas líneas acerca de este histórico acontecimiento.

No soy partidario del análisis político desde la óptica de los personalismos, no al menos en aquellas sociedades en las que imperan sistemas de tanta tradición e implantación que la alternancia de rostros, e incluso de partidos, apenas sí suponen pequeñas pinceladas de color en un cuadro inamovible. En ese sentido, no comparto en absoluto la euforia de aquellos que ven en el triunfo de Obama un giro más o menos sustancial en el sistema y las políticas estadounidenses.

Sin embargo, seríamos injustos y escasamente objetivos si no admitiésemos, también, el papel de motor de cambios que pueden jugar algunas personalidades empeñadas en que esas pinceladas a las que aludía anteriormente acaben transformándose en brochazos de cierta envergadura que empujen los sólidos cimientos de estructuras consolidadas en esta u otra dirección. Sin hablar de que las figuras políticas suelen responder también a las necesidades y esperanzas de sus bases y de la ciudadanía en general. Lo importante, en estos casos, es que no se vean frustradas.

Obama hereda una nación fuertemente marcada por la crisis económica y su cada vez más discutido papel de ‘guardián del mundo’, con el terrorismo como telón de fondo, dentro y fuera de sus fronteras. Su victoria no sorprende a casi nadie, no sólo por los resultados que iban ofreciendo las encuestas, sino porque su contrincante representaba la continuidad de un modelo fracasado, el modelo republicano diseñado por George Bush JR., probablemente el más negro en la historia de la hegemonía política y económica ‘made in USA’.

Simplificando en exceso podríamos decir que Obama lo tiene fácil porque, efectivamente, es imposible hacerlo peor que su antecesor. Pero este análisis, además de simple, sería erróneo, porque en ambas materias, la económica y la de política internacional, se puede ir a peor si no se tiene el talento preciso, los argumentos adecuados, las soluciones apropiadas y el talante necesario para reconducirlas.

Obama tiene ante sí el reto de levantar una economía fuertemente castigada por los mismos mecanismos que una vez la hicieron fuerte y el de recuperar la imagen exterior de un país que se ha ganado a pulso la antipatía internacional e incluso la desconfianza de socios tan naturales como los que conforman la Unión Europea.

Para esto no bastan sonrisas y lemas, ni siquiera el color de la piel. De su capacidad para resolver estos graves problemas y de concitar el apoyo de los importantes sectores que, a pesar de su holgada victoria, amenazan con no darle cuartel, dependerá en buen grado el éxito de su propuesta y de su mandato.

Hoy por hoy es sólo una esperanza. La esperanza de millones de estadounidenses y habitantes del planeta que ven en este hito histórico una puerta abierta el cambio. Pero de esperanzas frustradas están llenos los libros de historia. Es el turno de la praxis. Del verdadero ‘Yes, we can’.

Por lo pronto, lo único que podemos afirmar es que se abre un período excitante. Sólo por eso: bienvenido, Mr. Obama.

Resultado de nuestra encuesta:

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