Le cambiamos el sobrenombre de ‘bárbaro’ por el de ‘surrealista’, porque de surrealista y esperpéntico hay que tildar a este nuevo episodio ‘antipiratería’ que tiene como protagonistas a Conan y su autor, Robert E. Howard, un grupo de entusiastas de sus aventuras y a la Conan Properties International LLC (CPI-Paradox Entertainment).

El caso es que ese grupo de entusiastas (Broken Sea Audio), que publica versiones en audio online de obras clásicas, entre ellas las de Conan, sin ánimo de lucro y acogiéndose al hecho de que en su país, Nueva Zelanda, son ya de dominio público; ha recibido varias amenazas de querella o ‘cese y desista‘ de la CPI (PDF de la más reciente), alegando que, al estar disponibles gratuitamente en la Red, violan los derechos de autor porque son accesibles en países donde esta obra no es aún de dominio público.

La reclamación es del todo inaudita, porque, por ejemplo, como apuntan en Boing Boing, abriría las puertas a que cualquier país del mundo pudiese ejercer el ‘veto’ al dominio público de cualquier obra simplemente arrogándose sus derechos sin fecha de caducidad; pero tiene posibilidades de prosperar, debido a que una reciente ley aprobada en Nueva Zelanda permite cerrar cualquier web tan solo con que una empresa la acuse de ‘piratería’. Motivo por el cual los chicos han retirado ya los archivos de Conan de la web.

Digo que la cosa es del todo inaudita (al menos yo no conozco antecendentes) y esperpéntica, pero no deja de tener su importancia a la hora de calibrar, por un lado, lo peligrosa que puede llegar a ser una administración decimonónica para el desarrollo de la cultura y la defensa de sus ciudadanos, dando pábulo a todo tipo de caprichos particulares (peligro que cada vez se cierne más sobre nuestras cabezas); y, por otro, la empanada en la que se encuentran atrapados los talibán del copyright, cada día más desnortados y desesperados, incapaces de adaptarse a una realidad marcada por las transformación y dando grotescos palos de ciego al aire. Pero, sobre todo, malgastando una cantidad de energía impresionante en chorradas y batallas perdidas cuando bien podrían usarla para idear nuevos modelos y estrategias que les ayuden a situarse y rentabilizar las oportunidades que ofrece el nuevo estado de las cosas.

Pero, vamos, lo dicho: de traca y media.

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