El anonimato online no es infalible. Ni mucho menos. Ya lo hemos comentado en alguna otra ocasión, pero lo recuerdo ahora a tenor del ‘caso Mudflats‘, una blogger que publicaba de forma anónima y cuya identidad ha sido descubierta y revelada por una de sus ‘víctimas’, el político demócrata estadounidenense Mike Doogan, después de que la blogger lo atacara duramente a raíz de un extraño correo enviado a sus electores.

El caso es que Doogan, especialmente picado por el post y por la popularidad del blog, alcanzada tras algunas informaciones sobre Sarah Palin, decidió investigar por su cuenta y desvelar la identidad del autor, algo que hizo el pasado 27 de marzo en su ‘mensaje de los viernes a los electores‘, aunque se equivocó al tomar nota del apellido.

Más allá de este caso concreto, lo cierto es que, incluso tomando todo tipo de precauciones (Mudflats comenzó en WordPress.com y ahora dispone de dominio propio), el anonimato no es una barrera infranqueable y, si se utiliza como herramienta de agresión, aún lo es menos. Las preguntas que se hacen en EEUU son si realmente el anonimato político es un derecho y si es tarea de un político desenmascar a los ciudadanos anónimos. Allí sí es un derecho, pero dentro del ámbito de la libertad de expresión, por lo que quedan fuera hechos delictivos como la injuria o la calumnia. En el caso que nos ocupa, todo parece indicar, pues, que Doogan podría haber traspasado la frontera legal al desvelar la identidad del blogger, ya que el post al que se hace referencia no es más que una reacción airada a un absurdo (y también airado) correo masivo del político a sus electores.

En España, según el abogado Javier Muñoz, “no existe el derecho a la libertad de expresión anónima“, es decir al anonimato, por lo que lo ocurrido en el ‘caso Mudflats’ entraría aquí dentro de la legalidad. ¿Pero realmente es el anonimato un derecho por el que debamos abogar?

En mi opinión, y como ya he expresado en otras ocasiones, es un tema complicado y tiene sus matices. Me parece que el anonimato es un derecho ‘natural’ allí donde imperan regímenes dictatoriales que impiden la libertad de expresión, y por tanto, peligra la integridad del opinador. También me parece defendible como opción personal en asuntos intrascendentes y allí donde sea necesario preservar la intimidad en defensa de derechos básicos. Pero, desde luego, cuando el anonimato se utiliza para fines claramente delictivos o de agresión personal, dentro o fuera del ámbito político, en regímenes democráticos, además de suponer una evidente cobardía no creo que merezca siquiera el beneficio de la duda.

Conceptos como la libertad de expresión o el anonimato, auténticos baluartes de la libertad, pierden todo su valor en cuanto se intentan pervertir y extender a campos que no les pertenecen. Al igual que a nadie en su sano juicio se le ocurriría amparar una violación bajo el concepto de libertad sexual, los desmanes de delincuentes o cerebros evidentemente perturbados tampoco pueden ser amparados por la libertad de expresión o el anonimato, porque el efecto que producen es justo el contrario: se le dan armas a los censores para atacar estos derechos básicos. Y no es raro encontrar en la historia casos en los que los propios censores introducen elementos distorsionadores de estas características en los ámbitos de opinión para posteriormente reclamar recortes y censuras en las libertades.

Así que el anonimato online no es infalible, ni tampoco deseable en todos los casos. Como en la vida real, es un juego al que uno decide jugar, en unos casos obligado comó única vía para defender derechos fundamentales, y en otros como opción fácil para eludir cobarde y vilmente responsabilidades por acciones que jamás realizaría ‘dando la cara’. De forma lícita o ilícita, respectivamente. Pero en ambas opciones, se sabe que el juego habrá terminado cuando, como en el ‘caso Mudflats’, alguien se molesta en seguir las huellas y proceder a la identificación.

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