Me he quedado un tanto esptupefacto con esta concepción de los blogs que expone Stephen Miller en su libro ‘La conversación: Historia de un arte en decadencia‘, que aparece referenciada hoy en un artículo de Peter Burke en la portada del suplemento literario ‘ABCD‘. Estamos, evidentemente, ante una percepción decimonónica de la ‘conversación’ (de hecho, el autor considera que “la edad de oro de la conversación fue el siglo XVIII”), pero sorprende que un presunto enamorado de la comunicación se muestre tan autista ante los nuevos fenómenos y canales conversacionales y comunicativos.

Estaba a punto de escribir un nuevo panerígico en defensa de los blogs, pero afortunadamente he comprobado aliviado que el propio Burke sale al paso de esta idea y deja las cosas bien claras, con una brillante argumentación:

También podríamos pensar en los blogs de una manera más positiva, como una forma de comunicación. Igual que los chats ofrecen un espacio virtual para flirtear y cotillear, los blogs otorgan a los individuos corrientes la oportunidad de expresar sus opiniones sobre la actualidad y añadir comentarios sobre las opiniones de otras personas. La imposibilidad de ver u oír a los demás que escriben tiene la ventaja de liberarnos de ciertos prejuicios. La idea de una conversación escrita puede resultar rara al principio, pero no es tan novedosa como parece. Los visitantes chinos en Japón y los japoneses que iban a China solían enzarzarse en las llamadas «charlas de pincel», aprovechando que ambas lenguas habladas son incomprensibles entre sí, pero el chino y el japonés utilizan la misma escritura.

Castiglione, la marquesa de Rambouillet o Johnson podrían haberse escandalizado con estos avances recientes, pero parecen apropiados para una sociedad que es relativamente democrática e igualitaria, a la vez que sofisticada desde el punto de vista tecnológico. En cualquier caso, si pensamos en los blogs como una nueva forma de conversación, junto a otras tradicionales como seminarios, grupos de debate y entrevistas, concluiremos que la decadencia del arte de conversar está lejos de producirse.

Ni más, ni menos.

Qué paradoja que en la propia portada del libro aparezcan unos cuantos pajaritos como símbolo de la conversación. ¡Justo el concepto de Twitter, otro de esos diabólicos, supongo, “dispositivos que evitan la conversación”!

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