Contemplo con incredulidad todo ese alboroto sobre el cobro de derechos de comunicación pública en conciertos benéficos. De principio, reconozco cierta admiración profesional por los lanzadores de la historia: una perfecta tormenta mediática, con nítidos héroes (David Bisbal, la tenaz familia de un niño enfermo) y villanos inevitables (los acaudalados autores y la pérfida Sociedad General de Autores de España (SGAE), exigiendo el 10% de la recaudación). Igual ignoran que se trata de una tormenta antigua: en 1985 se pronunciaron argumentos similares -insensibilidad ante el sufrimiento, voracidad implacable- en Reino Unido cuando Margaret Thatcher insistió en cobrar el IVA a los ingresos de Band Aid, el proyecto que combatía la hambruna en Etiopía”.

Los abusos de la caridad‘, Diego A. Manrique (elpais.com)


No sé si la intención del autor era defender a la SGAE, porque, lejos de esto, lo cierto es que deja a la propia SGAE, a toda la industria cultural (las estrellas, “sus músicos, sus técnicos, los responsables del escenario, la decoración y el sonido, vaya, todos los integrantes del mecanismo que hace posible un concierto, desde los seguratas a los chóferes”) y hasta a Margaret Thatcher por los suelos. Y no, lo que relata en el artículo no son abusos de la caridad, sino precisamente de la ausencia de ella. Salvo en Venezuela, según dice el DRAE 😉

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