Éste es el segundo tema que me ha animado a saltar de la cama y sentarme, envuelto en mantas, frente al ordenador. Un escándalo en toda regla. Lo llaman ‘error‘, pero hasta el error tiene un límite, unas fronteras bien definidas; la frontera que separa el imprevisto o el desacierto reparable de la negligencia. De poco sirve añadirle el calificativo de “terrorífico”. No deja de ser un eufemismo, una forma de eludir una atrocidad que tiene muy difícil explicación. Un ‘error‘ de diagnóstico pudo acabar con la vida de Dalilah. Un ‘terrorífico error‘ acaba por destrozar una familia cuyo, y ahora sí con todas sus letras, único ERROR, ha sido el de confiar en una sanidad pública que retrotrae a esta, se supone, avanzada sociedad, al período de las cavernas.

Pasen, flipen y vean:

El bebé de Dalilah ha muerto por un “terrorífico error” médico. El niño, que nació prematuramente por cesárea a los siete meses, ha muerto por un “error profesional” al serle administrada la alimentación por vena en vez de por la sonda nasográstica. El Hospital Gregorio Marañón,, que calificó de “terrorífico error” lo sucedido, asume todo tipo de responsabilidades y dice que “no hay excusas”.

Y me vuelvo a la cama. Estoy mejor. Visto lo visto, mejor que mejor. Gracias.

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