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Tienen los toros derechos y obligaciones? ¿Son los animales sujetos éticos? ¿Tienen los seres vivos no humanos derecho a la libertad y a la vida? ¿Por qué se habla de salvar la vida a los toros y no al resto de los animales? Hacia esta dirección, del todo absurda, se ha desviado el debate en torno a las corridas de toros, especialmente tras la intervención del diputado de UPyD Toni Cantó en la sesión en la que finalmente se aprobó la admisión a trámite de Iniciativa Legislativa Popular que busca declarar la ‘fiesta’ Bien de Interés Cultural.

Absurda por varios razones:

1. Porque se intenta presentar el debate como si fuese una confrontación entre quienes defienden la vida y quienes defienden la muerte, cuando en realidad lo único que se discute es si la muerte, así sea la de un animal, puede o no presentarse como espectáculo.

2. Porque se quiere esgrimir la diferencia entre seres humanos y animales –la ausencia de condición ética de los segundos por ser la ética una condición exclusivamente humana– para justificar el apoyo a la tauromaquia; como si no fuera la ética, precisamente, una de las mejores herramientas de las que se ha dotado la humanidad para escapar de la barbarie, para no ser un animal más.

3. Y porque se pretende que, dado que sólo hombre y mujer tienen ‘derecho a tener derechos’, no se puede recurrir al ‘derecho animal’ para defender a los seres irracionales.

Tres argumentos muy hábiles, o muy torpes –hábiles si la intención es contaminar y torpes si pretenden que se tomen en serio–, que esconden la verdadera esencia del debate: ¿tenemos los sere humanos derecho a determinar las relaciones que establecemos con nuestro entorno? ¿Podemos los seres humanos establecer las reglas por las que ha de regirse nuestra interconexión con la naturaleza? ¿tenemos derecho a desear y defender un mundo lo menos violento posible, en el que el respeto a la dignidad de los seres ‘inferiores’ nos confirme como ‘superiores’? ¿Podemos salir en defensa de los ‘sin derechos’, que son por tanto los más indefensos y vulnerables? ¿Estamos, pues, en disposición de rechazar una exhibición comercial público-festiva de la tortura y muerte de un animal?

La respuesta a todo esto es un SÍ con mayúsculas. Porque, independientemente de la discusión en torno a la existencia o no de un ‘derecho animal’, discusión que por cierto no se ventila con una mera cita, de lo que no cabe duda es de que los humanos SÍ tenemos derechos, y entre ellos se encuentra el de elegir el mundo en el que nos gustaría vivir y dejarle a nuestros hijos y, por tanto, el de poder exigir la eliminación de todo aquello que nos resulte brutal, violento, cruel o salvaje.

Ésa y no otra es la cuestión. Los derechos de los toros son nuestros derechos. De los toros, del conjunto de los animales, de las selvas, los mares y el planeta en general. Ellos, desgraciadamente, no tienen voz para reclamarlos.

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