Marx, Lenin, Mao y Obama

Cuarenta años después de que las fuerzas de la Nueva Izquierda lograran entregar la nominación demócrata a la presidencia a su candidato preferido, George McGovern, sólo para verlo perder las elecciones generales frente a un Richard Nixon que logró un triunfo aplastante en 49 estados, EEUU es el hogar de una ‘nueva’ Izquierda. Sus expectativas políticas descansan no en un hombre capaz de reunir menos de 40% de los votos a nivel nacional, sino en un presidente que ha resultado reelegido de forma convincente, Barack Obama. Esta nueva izquierda tiene confianza en sí misma, unida tanto en su análisis de los problemas que enfrenta el país, como en qué hacer para resolverlos. Esta izquierda es consciente de sí misma como movimiento, y cree que va en aumento. Ya ha conseguido remodelar la política estadounidense, y sus éxitos hasta ahora apenas han agotado sus compromisos. Las políticas están cambiando bajo su influencia. Y sus oponentes no parecen haber encontrado una forma efectiva para contrarrestarla políticamente”.

Interesante artículo de Tod Lindberg en el ‘think tankHoover Institution de la Universidad Standford, un largo análisis en el que introduce el concepto de Izquierda 3.0 para etiquetar lo que entiende el embrión de la izquierda del futuro. Embrión que tendría a EEUU y a Obama como puntos de referencia, superando los viejos clichés del socialismo, el comunismo o el anarquismo, e incluso los de los movimientos libertarios de los años sesenta del pasado siglo. Una Izquierda 3.0 que renuncia a la revolución y al radicalismo (“El sistema es la solución”) y se desarrolla sobre siete pilares: ideología, control del partido, unidad, organización, identificación con la cultura digital, debilidad de su rival y capacidad de respuesta a los problemas de la sociedad contemporánea:

La Izquierda 3.0 no es sólo un movimiento ideológico, sino también el control efectivo (o más bien guías) de un partido político plenamente competitivo a nivel nacional. La Izquierda 3.0 es una entidad cuyas divisiones internas son minúsculas en comparación con las convicciones compartidas que la mantienen unida. La Izquierda 3.0 es una criatura de su tiempo, bien organizada y totalmente identificada con la cultura digital de la que surgió. Y la Izquierda 3.0 se ha encontrado a sí misma en un momento, no de forma casual, en el que su rival político, la coalición electoral del Partido Republicano, ahora bajo la presión de los importantes cambios demográficos, se encuentra profundamente dividido sobre los acuciantes problemas sociales a los que la Izquierda 3.0 ofrece una clara respuesta”

Una propuesta ciertamente sugestiva, pero que en mi opinión hay que relativizar, tomando en consideración la visión de un país en el que la política presenta connotaciones sustancialmente diferentes a las que han ido definiendo y conformando las corrientes progresistas del resto del planeta y, en especial, de Europa. No podemos olvidar que el Partido Demócrata ha sido siempre la ‘cara B’ de un single, del disco prácticamente rayado del sistema político y económico estadounidense, donde los márgenes de actuación son más bien escasos y que, progresivamente, ha ido logrando marginar a las corrientes alternativas minoritarias.

Y, si bien es cierto, que son esas mismas corrientes las que ahora alimentan el proyecto de Obama, no es menos cierto que buena parte de las políticas del presidente (política exterior, derechos humanos, ataques selectivos, connivencia con los mercados, corrupción, derechos y libertades en la Red…) siguen adoleciendo de una sumisión prácticamente ciega a los dictados del sistema, del capital y de la consolidada condición imperial de la nación a la que representa.

Pero, en efecto, son muchos los aspectos de esa nueva Izquierda 3.0 los que pueden servir de inspiración a la izquierda europea y a las izquierdas del resto del mundo. Izquierdas que, por otra parte, desarrollan su propio concepto de Izquierda 3.0 a través de movimientos ciudadanos como el 15-M o la Primavera Árabe y que, aun compartiendo aspectos con el movimiento liderado por Obama, presentan rasgos sustancialmente diferenciadores. El principal: que mientras esa izquierda estadounidense de la que habla Lindberg está avalada por un gran partido, una situación de poder, un gobierno y un sistema que no se cuestiona, las que se desenvuelven en el resto del planeta se sitúan frontalmente en contra de partidos, del poder, del actual modelo institucional y del sistema; sin renunciar ni a la revolución ni al radicalismo.

Llama poderosamente la atención, en este sentido, la ausencia de referencias en el artículo al movimiento Occupy Wall Street, versión norteamericana de los nuevos movimientos ciudadanos que proliferan por el planeta sin la cual considero imposible hablar en ese país de ‘Izquierda 3.0’.

Esa Izquierda 3.0 a la que se refiere el autor sería, en todo caso, pues, un modelo particular de Izquierda 3.0, el modelo de Izquierda 3.0 del Partido Demócrata; pero un modelo global de Izquierda 3.0 pasa hoy inevitablemente por la efervescencia de aquellos movimientos que reaccionan contra regímenes dictatoriales o la tormenta ultraliberal, también en EEUU pero especialmente en la Unión Europea. Movimientos que, siempre en mi opinión, sí tienen cosas que aprender de su ‘hermano’ americano, fundamentalmente en lo que respecta a factores como cohesión, eficiencia en el uso de las nuevas tecnologías y capacidad organizativa, pero que están en disposición –ya están logrando importantes cambios de conciencia, de ‘modus operandi‘ e incluso legislativos y de gobiernos en sus respectivos países– de arrogarse igualmente esa sugestiva etiqueta de Izquierda 3.0.

Con todo, entiendo que la Izquierda 3.0 es algo aún por construir, y ni siquiera estoy seguro de que el término deba incluir la palabra ‘Izquierda’, dada la ambigüedad e indefinición de este concepto en nuestros días. Necesitamos nuevos conceptos y nuevas ideas para ese movimiento progresista que, llámese como se le quiera llamar, ha de construirse con la aportación de todos los movimientos que buscan el avance en el sistema democrático para hacerlo más real, social y adaptado en toda su extensión a los tiempos que corren. La confluencia, reflexión y aprovechamiento de los logros y experiencias de unos y otros son la única vía para constituir ese movimiento global que siente las bases de una nueva democracia para el siglo XXI. Democracia real, o Democracia 3.0.

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