Fotografía digital

Dos noticias referidas a este mundo digital que habitamos me han llamado hoy poderosamente la atención. Una, la de la supuesta sangría de usuarios en Facebook, ya ha sido desmentida. La otra, la de la nueva ley británica que permitiría el uso de cualquier ‘obra huérfana’, no sólo no decae, sino que cada vez levanta más polvareda, especialmente en el ámbito de la fotografía digital.

Hablamos de la Enterprise and Regulatory Reform Bill (PDF), un proyecto de ley que acaba de recibir el consentimiento real, y en el que se incluye una polémica disposición que permitiría, de hecho, la libre utilización de cualquier obra cuyo autor no pueda ser identificado o localizado.

Textualmente:

Las obras huérfanas son aquellas creaciones con copyright de las que no se conoce o no puede ser localizado el titular de los derechos e incluyen, por ejemplo, los libros, las películas, la música y fotografías. En la actualidad, las obras huérfanas no pueden ser copiadas ni publicadas sin el permiso del titular de los derechos, y sin riesgo de infracción de derechos de autor. La Hargreaves Review describe el problema de las obras huérfanas como representante del “fracaso más absoluto en la adaptación del marco de los derechos de autor” y el Gobierno considera que no beneficia a nadie tener una gran cantidad de obras que no puedan ser utilizadas en toda su extensión.

El Gobierno propone prever la concesión de licencias de obras huérfanas tanto para uso comercial como no comercial, a expensas de una búsqueda diligente de los titulares de los derechos y otras medidas preventivas para su protección si a los titulares llegan a reaparecer. Un organismo independiente licenciará el uso de las obras huérfanas, incluyendo la verificación de que los potenciales beneficiarios han llevado a cabo una búsqueda diligente con un suficiente nivel de calidad.

El organismo de licencias también mantendrá un registro de las obras sujetas a búsquedas y de las ya licenciadas. Esto aumentará las posibilidades de que las obras lleguen a ser identificadas, así como que los titulares de derechos tengan la posibilidad de consultar el registro para comprobar si alguna de sus obras aparece en él.

Los beneficiarios tendrán que pagar los honorarios de licencia por adelantado acorde con el tipo de trabajo y el tipo de uso. Esas tarifas serán retenidas por el organismo para el titular de los derechos en caso de que reaparezca. Los beneficiarios deberán otorgar el crédito correspondiente a los titulares de derechos cuando se conozca su nombre o, de lo contrario, especificar en qué consiste el organismo de licencias de obras huérfanas para que el titular de los derechos, si reaparece, sepa cómo recuperar el control de su trabajo”.

Un texto que va más allá de la Directiva Europea al respecto, que limita el uso de estas obras a bibliotecas, museos o archivos, com importantes restricciones; y que, en principio, parece promover un uso universal previo pago, a cuenta de los derechos de autor del ignoto titular.

Una ley que supone un paso adelante, no quizá el que muchos esperamos, es decir el uso de esas obras como parte del dominio público, pero que va en la dirección adecuada hacia el libre acceso de la ciudadanía al patrimonio cultural.

¿Y dónde radica, entonces, la polémica? Pues que si en el ámbito de las obras históricas, especialmente el bibliográfico, la condición de ‘obra huérfana’ parece relativamente fácil de determinar, no ocurre lo mismo en lo que a obras digitales esparcidas por la Red se refiere. Algo que resulta más que evidente en el campo de la fotografía digital, uno de los sectores con mayor crecimiento y seguimiento, y quizás con menor celo por parte de los usuarios a la hora de dejar patente su autoría.

Y de ahí la reacción: si tú subes una fotografía a la Red, alguien la encuentra y le es imposible –o convence al juez de que le fue imposible– determinar quién es el autor, podría utilizarla con cualquier fin lícito, incluido el comercial. De esta forma tus fotos pueden acabar en cualquier campaña publicitaria, periódico o web corporativa sin que no sólo no recibas un céntimo por ella, sino además, lo que es aún peor, sin que se te reconozca ni puedas demostrar la autoría.

Tan mal lo ve el gremio de la fotografía que The Register no duda en afirmar que lo de Instagram es una minucia al lado de lo que estipula esta nueva ley.

¿Pero no es esto rizar el rizo? ¿Es tan grave en la práctica lo estipulado en la ley? ¿Quién va a querer comercializar una obra mía? ¿No deben preocuparse sólo los fotógrafos ‘consagrados’? ¿Tan difícil es dar con el autor de una imagen en la Web? ¿Cómo puedo demostrar que soy el autor de una fotografía?

Entramos en un terreno muy complejo. En teoría, si subes tu foto a tu cuenta de Facebook, Twitter, Flickr, Google+, tu fotolog o cualquier otra plataforma social, y la documentas en el comentario, se entiende –o se debería entender– que la foto es tuya. Pero, ¿qué ocurre si esa foto va pasando de página en página sin que nadie se preocupe de darle crédito? Pues que llega un momento en que aparecerá en los buscadores, perdida en vaya usted a saber qué web, sin ninguna referencia que nos pueda ayudar a conocer su procedencia.

Pero esto es muy básico. ¿Qué hacen los profesionales? Reflejar todos los datos posibles, incluida la autoría, en los campos de metadatos que se pueden crear hoy día ya en prácticamente cualquier aplicación, junto con los datos Exif que registra la propia cámara. ¡Ah, perfecto! Pues no. ¿No? No, porque la mayor parte de apps y servicios de subida de fotografías eliminan u obvian estos metadatos, dejando en nada el trabajo previo de documentación del autor.

Para que te hagas una idea, aquí te dejo un gráfico en el que se puede observar los principales servicios de imágenes en la Red y cuántos y qué tipos de metadatos respetan (en verde los que se respetan). Te vas a sorprender:

Metadatos y servicios

Como ves, Google+ es el único servicio que respeta en casi su totalidad los metadatos.

¿Qué se puede hacer, entonces? Todas las direcciones apuntan a la ‘marca de agua‘, esa firma sobreimpresa en la fotografía con el nombre del autor, el logo o la dirección web original. Que, aunque obviamente puede ser también manipulada, conllevaría una acción ya claramente ilícita y poco defendible por parte del infractor. Marcas de agua que nunca me han gustado porque creo que arruinan por completo la imagen, pero que será cuestión de estudiar, aunque sea en su expresión más ‘fina‘.

En mi opinión, tanto la Directiva Europea, como esta disposición en la ley británica, están pensadas para ese patrimonio histórico ‘colapsado’ por la imposibilidad de determinar o lacalizar al autor. Aunque, en la formulación que se hace en la segunda, ciertamente no se hace distingos al respecto y, con el texto en la mano, ciertamente se puede ver afectada cualquier obra que reúna los requisitos de ‘orfandad’.

Sea como sea, si realmente te interesa proteger tus creaciones de usos no deseados y conservar tu autoría, sin menoscabo de su difusión, te recomendamos hacerte con una licencia copyleft y hacerla bien patente en el cuerpo de la obra. Y en el caso que nos ocupa de manera especial, el de la fotografía, además tener muy en cuenta factores como los metadatos o marcas de agua que acabamos de repasar.

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