La cultura no es un crimen

Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento”.

Me he sentido altamente identificado con el discurso (PDF) de Antonio Muñoz Molina en la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias 2013, tanto en su enfoque general, como en algunos pasajes especialmente brillantes en torno al concepto de ‘oficio’, su significado, el compromiso que encierra, su condición de necesidad básica para el pleno desarrollo del ser humano y su conflicto con la coyuntura socioeconómica, sí, pero también con el modelo estructural político, social y económico en el que nos manejamos, en relación de efecto-causa, respectivamente.

El pasaje que reproduzco al principio me parece valiente, desde luego, pero también acertado en su contundente análisis de la realidad que vivimos, aunque debo discrepar de lo que expresa en su última frase, en la que me parece atisbar una crítica –habitual en él, por otra parte– a los movimientos de cultura libre. No creo que en España se desprecie el trabajo intelectual o el conocimiento. Muy al contrario, creo que se lo valora bastante más que en cualquier época anterior.

No debe confundir el autor ‘desprecio por el trabajo intelectual’ con la revolución que está provocando el desarrollo tecnológico; en la cultura, pero en general en prácticamente todas las áreas de actividad humanas. Revolución en la que los modelos empresariales, comerciales y de demanda social son cuestionados y afrontan cambios fundamentales.

No debe confundir ‘trabajo intelectual’, ‘conocimiento’ o ‘cultura’ con ‘industria cultural’ o, mejor dicho, con ‘modelo de industria cultural’. La primera nunca ha estado en entredicho, no se la desprecia, sigue y seguirá creciendo y transformándose, como ha venido ocurriendo desde la aparición del hombre y la mujer en este planeta. La segunda está herida de muerte. Y no por un supuesto ‘desprecio’ a la primera, sino por caducidad natural. Una industria obsoleta basada en la escasez y carestía de medios para obstaculizar y rentabilizar –por lo general de manera abusiva– el acceso a la creación, así como en la selección arbitraria e imposición de condiciones leoninas a los creadores, tiene los días contados en un mundo en el que las nuevas tecnologías facilitan el acceso y la autoedición como nunca antes en nuestra historia.

¿De qué otra forma podría explicarse el hecho de que aumente el número de lectores mientras baja el volumen de ventas de libros, por ceñirnos a la literatura? Si el ‘desprecio’ a la cultura fuera tal, ambos registros deberían ir de la mano, en sentido descendente.

El nuevo modelo cultural que se vislumbra en el horizonte es un modelo abierto y democrático, que considera la cultura un bien básico y que concilia el derecho al acceso universal a esos bienes con la protección “de los intereses morales y materiales que les correspondan [a los creadores] por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas”, tal y como establece el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos humanos.

¿Es eso ‘desprecio’? ‘Aprecio’, diría yo.

¿Es algo imposible? Más bien, no.

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