Entrevista a Josep Ramoneda

Creo que hay una tendencia en las políticas culturales -en las de la derecha en particular- a priorizar el patrimonio y eso que llaman industria cultural, a ponerlo por encima de todo. Me sorprende la facilidad con la que se habla de consumo cultural. Algo que se consume te lo comes y desaparece, por lo que el consumo cultural es una contradicción en sus términos. No hay política cultural sin educación. El nivel cultural de un país, en última instancia, lo determina el nivel de su sistema educativo”.

Me ha interesado especialmente este pasaje de la entrevista a Josep Ramoneda que publicaba el pasado domingo el periódico ‘La Provincia‘ en contraportada. Una reflexión en la que el periodista incide en una idea clave para situar el concepto de ‘cultura’ en el lugar que le corresponde, pero clave también para la resolución del debate en torno a los profundos cambios a los que se enfrenta el ‘hecho cultural’ en este inicio de milenio: la cultura no es sólo el patrimonio; la cultura no es consumo; la cultura no son, en primer término, ni el producto ni la industria cultural.

La cultura es más bien el bagaje que presentamos como pueblo, tanto a escala creativa como cognitiva e interpretativa; la riqueza, la capacidad como sociedad para afrontar los retos del futuro amparados en una amplia base de avances, logros y experiencias compartidas. La educación juega, desde luego, en este ámbito un papel fundamental, y con ella el acceso universal a los bienes culturales.

La industria cultural y el consumo son otra cosa. Son sólo el modelo imperante en un momento determinado. El modelo característico de una etapa del capitalismo basado en la escasez y carestía –y por tanto, acaparación– de medios. Un falso ídolo, un icono de barro, un modelo que agoniza, tanto en cuanto las condiciones materiales han cambiado –siguen cambiando a un ritmo frenético– y posibilitan el acceso universal –y a escala global– como nunca antes en nuestra historia.

Establecer como prioridad el consumo o la industria cultural a la hora de abordar el debate es ya, en nuestros días, evidencia de inmovilismo y reacción. Es simplemente el pasado; un pasado que no sólo compromete nuestro futuro retrasando y obstaculizando el desarrollo de nuevos modelos de negocio y de relación cultural, sino que nos empobrece intelectualmente como pueblo intentando sostener estructuras caducas en aspectos como, por ejemplo, los derechos de autor. Si queremos mirar al futuro, debemos poner a los ciudadanos y a los creadores, los dos polos imprescindibles del ‘hecho cultural’, en lo más alto de nuestras prioridades.

Disiento, no obstante, con el matiz introducido por Romaneda al inicio de su exposición. En lo que a políticas culturales se refiere, no hay –no ha habido– una distinción manifiesta entre ‘izquierdas’ y ‘derechas’. Al menos en lo que al ‘establishment‘ de las ‘izquierdas’ y las ‘derechas’ se refiere. En España, sin ir más lejos, los movimientos del PSOE y del PP en este ámbito han estado permanentemente dirigidos por la industria cultural. Incluso el ‘ala progre’ de las artes y la intelectualidad españoles, tan combativa habitualmente en asuntos que afectan a los derechos sociales, ha defendido –sigue defendiendocon uñas y dientes a la industria, haciendo bueno el dicho de que cuando se tocan los bolsillos, las ideologías vuelan.

Hablo en el párrafo anterior de políticas culturales en su relación con los cambios derivados de la revolución tecnológica, en especial con los cambios en el modelo de derechos de autor. Otra cosa son las políticas educativas, parte esencial como hemos dicho de este debate. Y ahí sí, sobran las evidencias de las visibles distancias entre las distintas opciones.

NOTA: Me habría encantado enlazar a la entrevista original, pero, paradojas de la comunicación 2.0, me ha sido imposible localizarla en la Web. Pincha en la imagen que abre el post o en el siguiente enlace para ver una captura.

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