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Tras una década de apasionada entrega a la Red, a la conversación, participación y creación compulsiva de contenidos sin apenas margen para cualquier otra actividad de las muchas que forman parte del catálogo de mis inquietudes personales, exceptuando evidentemente la laboral, llevo una temporada inmerso en un proceso introspectivo centrado precisamente en la búsqueda de equilibrios entre la ‘vorágine’ de la Web 2.0 y el resto de mis intereses.

Los lectores del blog lo habrán notado, y la gente con la que me relaciono en el resto de las plataformas ‘sociales’, también. Quería volver a escribir y a leer con intensidad, igual hasta a componer, dedicarle más tiempo a aprender y practicar la fotografía, disfrutar en mayor medida de la naturaleza, de la música, de las cosas y las personas que me rodean, y eso desde luego me resultaba imposible si continuaba manteniendo ese ritmo de interconexión vertiginosa al que me había entregado, esa orgía de inmediatez, el pilotaje acelerado por esas inmensas autopistas digitales, cada vez más circenses y saturadas, en las que a menudo se hace difícil seleccionar las salidas correctas para alcanzar los destinos precisos.

No nos confundamos. Esto no es una crítica a la Red, y menos a la Web 2.0. Quizá todo lo contrario. Internet me ha proporcionado en todos estos años –me sigue proporcionando–  una riqueza inmensa: he descubierto nuevos mundos, he entablado relaciones que en la vida ‘real’ siquiera habría imaginado, he aprendido mucho, he podido difundir y compartir mi obra al margen de intermediarios, he podido acceder a contenidos que permanecían inaccesibles, me ha abierto nuevos espacios y oportunidades de trabajo, he ido descubriendo e incorporando a mi actividad cotidiana herramientas casi mágicas, he podido vivir el nacimiento de un nuevo periodismo, he sido testigo privilegiado de las mayores revoluciones de nuestra historia en ámbitos como la tecnología y la comunicación…

Se trata, pues, sólo de una reestructuración individual. Una adecuación de la Red a mi universo, o de la readaptación de mi universo a la era digital. Una redefinición de mis estrategias como creador de contenidos, como consumidor, prosumidor y ‘curator‘ (sí, menudas palabrejas). Una encrucijada personal.

Individual, personal… O quizá no tanto. Desde que comencé este proceso hace ya unos meses varias personas me han transmitido impresiones similares, en mayor o menor medida. También he visto pronunciamientos de este tipo en tuits, blogs… ¿Es posible que, una vez superado el ‘boom’, el desarrollo, la sorpresa y la ‘consagración’ a los nuevos medios asistamos a un período de revisión más o menos generalizada, al menos entre aquellos que asistimos al despegue de todo este fenómeno, años atrás, desde las primera filas? ¿Ha alcanzado la ‘revolución’ un estatus de ‘normalidad’ y nos vemos en la tesitura de ‘cotidianizar’ lo que siempre nos pareció extraordinario (aquel ‘directory of wonderful things’ del que incluso parece haberse desprendido ya también Boing Boing, su creador, al menos en su cabecera)?

Mural de Above 3

Les cuento todo esto porque hoy mismo me he topado con un artículo de Cristina Fallarás titulado ‘Me borro de Facebook y Twitter’ que incide, en cierto modo, en este planteamiento, que viene a empatar con esa sensación que describo:

Leer. Antes leíamos cuando, tras llegar a casa, nos quedaba un rato de asueto con los críos dormidos. Leíamos cuando comíamos solos en alguna taberna de menú o sobre la barra de la cocina. Leíamos cuando viajábamos en tren, cuando esperábamos el bus, cuando un novio se retrasaba, los domingos de derrota, en el cuarto de baño y en la playa, durante esos momentos en que se bebe sola… Leíamos.

Ahora, en todas esas ocasiones, sacamos el móvil o la tableta o lo que sea que cargamos y nos damos un garbeo por las redes sociales. Eso veo. Navegamos por facebook, nos narramos en facebook, ah maldito ombligo, opinamos en twitter, cotilleamos, nos hacemos mirar, lanzamos proclamas y mensajes de amor. Expulsamos restitos de nosotros y miramos los restitos de aquellos que nos pasan por delante. Justo lo contrario del ejercicio del leer: Alimento, alimento y proteína”.

Y Fallarás decide retirarse “de todo ese jaleo de las redes para volver a otro silencio, otro ritmo y volver a leer como lo hacía entonces”. “A ver si todavía estoy a tiempo de ser libre. O de ser culta”, concluye.

Justo la respuesta equivocada.

Ni se es más libre ni más culto por abandonar la Red, las redes. La libertad es un bien que, cuando uno tiene el privilegio de poder disfrutarlo, se administra como mejor se sabe o se puede. Abandonar las redes es un acto de libertad. No abandonarlas también. Es tu decisión. Permanecer en las redes no te hace menos libre. Vivir de espaldas a ella, probablemente sí. Algo similar ocurre con la cultura. Contraponer cultura y Red es no sólo un exceso, sino una falacia que impide un análisis objetivo de la realidad. Internet es hoy el canal por el que navegan todas las culturas, de forma más libre y universal que nunca antes. Internet es en sí misma cultura, el reflejo de la cultura de nuestro tiempo. ¿Quieres leer? Puedes leer en la Red. ¿Música?, también. ¿Fotografía?, ¿qué mejor fototeca?, ¿Investigación?, ¿ciencia?, ¿vídeo?, ¿artes plásticas?…

Es más, por ejemplo leer se lee mucho más que antes. Por vías distintas a las tradicionales, eso sí. Pero si el objetivo es ‘que se lea más’, se está consiguiendo.

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El problema es otro. El problema está en aprender a seleccionar, filtrar y organizar tu tiempo y tus ideas, en ser capaz al tiempo de dotarte de un espacio para la vivencia, la reflexión y el crecimiento. Un espacio que te permita, tanto compartir aportaciones que ayuden al enriquecimiento colectivo, como manejarte en la sobreabundancia de propuestas, con criterios que te ayuden a descubrir lo que realmente necesitas. Un espacio que, en definitiva, te ayude a disfrutar y aprovechar todo lo que Internet te ofrece sin desorientarte ni perderte en el amplio entramado de nodos de la Red.

Internet está aquí para quedarse, y las herramientas de comunicación, también. ¿No te gusta Twitter o Facebook? ¿No ves la posibilidad de sacarle un rendimiento satisfactorio? Cambia de estrategia o cambia de red social. Hay muchas. Puede que mañana desaparezcan Facebook y Twitter, pero serán reemplazadas por otras propuestas, otras vías. Hablamos del presente y del futuro. Volver la espalda a esta realidad es temerario para cualquier persona; para un periodista, simplemente suicida.

Pero hoy y mañana, como ayer, no hay camino sin brújula. Y es brújula y sentido precisamente lo que tienes que aplicar a tu vivencia digital.

Ése es probablemente el mayor reto al que se enfrenta el internauta hoy día –además de los precios de conexión, claro, al menos en España–, y al que tendrá que enfrentarse la educación en las próximas décadas: la formación de auténticos ciudadanos digitales, no de meros consumidores-usuarios-fans-compulsivos-abducidos-pulsadores de teclas.

En ningún momento de este proceso que explicaba al principio se me ha pasado por la cabeza siquiera momentáneamente el abandono de la Red, ni de alguna de las plataformas que utilizo. Es un proceso de readaptación, un tránsito personal hacia un nuevo modelo de acción digital. No es cuestión de decidir ‘Red sí’ – ‘Red no’ –eso, con todos mis respetos, resulta a estas alturas simplemente ridículo–, se trata más bien, nada más y nada menos, de encontrar tu encaje en la Red…

…y el de la Red en tu propia vida.

Vídeo y fotografías:#socialmedia‘, de Above, sobre las redes sociales.

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