Conversación

Internet –o precisando: la Web 2.0, el proyecto de Red surgido tras el fracaso del primer modelo– ha sido conversación desde su nacimiento. Y desde sus orígenes, también, ha sido el de la moderación uno de sus debates más recurrentes y polémicos, pero evidentemente necesario.

De este debate sabemos mucho los responsables de cualquier plataforma de creación o puesta en común de contenidos: blogs, wikis, foros… y, de forma general y más reciente, cualquier persona a cargo de cuentas en redes como Facebook, Twitter o Google+, por citar sólo algunas de las muchas con presencia online.

La resolución y las políticas de participación en cada publicación se han resuelto siempre según los criterios individuales o colectivos de los administradores y, en general, se han movido en líneas de actuación que han huido de los extremos –impedir los comentarios/no interferir de ningún modo en la participación–, intentando, de una u otra forma, con soluciones más o menos imaginativas, preservar el diálogo en detrimento de todo aquello que pueda desvirtuarla.

Es un tema especialmente delicado. No en vano entramos de lleno en derechos fundamentales como la libertad de expresión o de opinión y la interpretación y uso que cada cual hace de ella, y la propia defensa de la conversación como piedra angular del desarrollo e impulso de la Red, de la propia democratización de la comunicación, de la sociedad que vamos imaginando. Aspectos especialmente relevantes en países carentes de las libertades básicas que deben amparar a todo ser humano.

Sin embargo, bajo el paraguas de la libertad de expresión no cabe todo, ni siquiera en democracia. No hay derecho que ampare el insulto. Ni hay derecho que ampare la injuria o la calumnia. Tampoco hay derecho que ampare la intromisión en la intimidad. Ni derecho que ampare el racismo… Al contrario. Ciñéndonos a España, todos estos derechos y otros constituyen límites constitucionales a las libertades de expresión y de información.

Esto, que podríamos denominar ‘implicaciones legales’, por un lado. Pero, por el otro, nos encontramos ante un factor esencial en toda conversación que se precie: la de mantener un diálogo mínimamente coherente, dinámico y tolerante. Y es ahí –no en el anterior bloque ‘legal’ necesariamente– donde entra de lleno el troll:

Persona que publica mensajes provocadores, irrelevantes o fuera de tema en una comunidad en línea (…) con la principal intención de provocar o molestar una respuesta emocional en los usuarios y lectores, con fines diversos y de diversión o, de otra manera, alterar la conversación normal en un tema de discusión, logrando que los mismos usuarios se enfaden y se enfrenten entre sí”

Es decir que cuando hablamos de trolls debemos tener muy claro a lo que nos referimos. El troll es un gamberrete, pero por lo general no es un exaltado ni un delincuente en el sentido que antes advertíamos. Muy al contrario, suele conducirse con la templanza propia de quien tiene como único objetivo sacar de sus casillas a los demás.

Ambas actitudes, cada una en su ámbito, son perniciosas para una publicación. Por varios motivos:

– Enredan la conversación y confunden al lector.

– Impiden un diálogo fluido y coherente.

– Retraen al usuario que pretende participar.

– Incrementan notablemente el esfuerzo dedicado a la moderación.

– En los casos más graves, pueden acarrear serios problemas con la Justicia a los responsables de la web.

¿Qué hacer entonces? Ante esta pregunta, como digo, la mayor parte de los responsables de plataformas online han ido encontrando distintas soluciones. Sin embargo, ha habido un sector que, con excepciones, se ha venido resistiendo de forma pertinaz. Un sector al que, paradójicamente, se le supone una vocación de “compromiso con los valores de la sociedad“. El sector de los medios de comunicación y, en especial, el de los medios no nativos de la Red.

Basta con darse una vuelta por las secciones de comentarios de estos digitales para hacernos una idea de lo que digo. Y eso ha sido y sigue así por razones que van desde la complejidad de la tarea de moderación en cabeceras de audiencia masiva hasta la supuesta rentabilidad en tráfico web que este tipo de prácticas reporta. Y digo ‘supuesta’ porque estoy convencido de que, a la larga, acaban provocando un rechazo generalizado en los lectores que buscan en el periodismo eso que debería ofrecer: un espacio para crecer, a través de la información y la opinión, social e intelectualmente. Y no todo lo contrario.

Afortunadamente, desde hace algún tiempo, comienzan a verse iniciativas editoriales que buscan dar una respuesta a este estado de cosas. Bien sea por una reconsideración de planteamientos, bien sea por esa ‘espantada’ a la que antes aludía, por críticas de los usuarios o por las cada vez más frecuentes denuncias y sentencias judiciales en contra; lo cierto es que determinadas empresas periodísticas, pocas por el momento pero relevantes, se han puesto manos a la obra.

Es el caso de ‘El País’ que ayer, domingo, anunciaba, a través de su defensor del lector y bajo el título ‘El desalojo de trolls‘, una vuelta de tuerca en este sentido:

La voluntad del nuevo foro de EL PAÍS, como se explicó el 9 de noviembre, es reducir el ruido en las conversaciones y favorecer el debate. La discrepancia no está reñida con la educación. Para solicitar la entrada en este foro se pide que el registro en Eskup sea público, un correo, el nombre y apellido (…) Un paquete de cautelas que no garantizan un resultado plenamente satisfactorio (ya ha habido bloqueo de comentarios y cancelación de cuentas de lectores inicialmente aceptados en el foro), pero que busca restringir las intrusiones maliciosas”.

El texto deja entrever muchas dudas, excusas, temores y precauciones. No es fácil, ya lo hemos dicho. Pero lo fácil, abstenerse de esta tarea, no tiene ni futuro ni defensa posible. Lo importante es haber iniciado el camino y comenzar a establecer modelos que deberán irse perfeccionando y ajustando.

En Mangas Verdes establecimos nuestros criterios hace ya tiempo. Y, en esa medida, aplaudimos cualquier iniciativa que vaya en la dirección de contribuir a una Red abierta, libre y democrática, pero que también nos ayude a formarnos, a sacar lo mejor de nosotros mismos, a crecer como personas y como ciudadanos. En especial si esas iniciativas vienen de los medios de comunicación, cuya responsabilidad, audiencia y trascendencia son considerables.

Si la pregunta es ¿qué conversación queremos? Mi respuesta es muy sencilla: simplemente conversación… Con todo lo que esto implica.

Share