Conejo monocrómico

Me gusta ser puntual. Desde pequeño disfrutaba llegando a mi destino –fuera éste el colegio, una reunión de amigos, una sesión de cine o un partido de fútbol– tiempo antes de la hora prevista. No siempre he sido puntual en mi vida, es cierto, pero digamos que el 90% de las veces lo he sido. Y el 90% de ese 10% que no lo he sido se ha debido a causas ajenas a mi voluntad. En mi caso no es convención ni obligación. Es, como si dijéramos, parte de mi ADN. Sencillamente consustancial.

También soy hiperactivo, perfeccionista (digo de los de intentarlo, no de los de siempre conseguirlo) y de los que gustan de ir al grano. Para mí, por lo general, una cita de trabajo que derive en tertulia ociosa ajena al objeto inicial, especialmente si tengo tarea pendiente, es todo una tortura.

Un cúmulo de virtudes –o defectos– éste que hasta ahora achacaba a algún inescrutable designio zodiacal o a vaya usted a saber qué variante de trastorno obsesivo-compulsivo impresa en mis genes. Pero hoy he visto la luz: mi conducta responde a los cánones de aquellos que viven sujetos al tiempo monocrómico.

¿Y qué es eso? No he encontrado mucha documentación al respecto, pero en líneas generales:

Todas las culturas tienen un sentido tanto monocromático como policromático del tiempo. En la cultura monocromática, el tiempo se percibe de modo linear. Eso explica las expresiones tales como ‘con el paso del tiempo’ y el ‘tiempo es como un río que fluye hacia el mar’ (…) Las culturas monocromáticas (o monocrómicas) se organizan entorno a un calendario y enfatizan la puntualidad”.

Frente a:

En las culturas policromáticas (o policrómicas), hay muchas cosas que suceden a un mismo tiempo. Los eventos se organizan y recuerdan de modo circular. En ciertas sociedades policromáticas, el pasado no es algo que debe olvidarse sino que los eventos del pasado continúan evolucionando y desarrollándose en el tiempo presente”.

O, como cuentan en el Huffington Post, haciéndose eco de un post de 2012 de Thor Muller:

El primero es el tiempo monocrómico que, acompañado de organización y eficiencia, se emplea de forma inteligente. El segundo tipo es el tiempo policrómico, que “es más fluido y plurifuncional, y en el que las relaciones personales van por encima de las negociaciones”. “Como consecuencia, el progreso del trabajo es a menudo impredecible”, escribió. Puede que la gente que siempre llega tarde esté viviendo en un modo policrómico (lo que supone, además, que valoran sus relaciones más que sus negocios) y que los más puntuales estén establecidos en un modo de tiempo monocrómico.

Puntualidad. Una consecuencia de la forma en que entendemos nuestra relación con el tiempo que se encuentra relacionada, según el artículo de referencia, con el autocontrol, la hiperactividad, la solidaridad y la previsión (mejor que haya margen que ir al límite). Más o menos, el cúmulo aquel del que les hablaba al principio. Monocrómico sí, pues, a lo que parece, desde chiquito, casi como el alocado Conejo Blanco del País de las Maravillas.

Aunque, eso sí:

El problema de ser puntual es que cuando llegas no hay nadie allí para apreciarlo” 😉

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