manifiesto

En el pueblo lo conocían por el sobrenombre de Inmutable, el hombre que republicaba manifiestos. Sostenía la extraña teoría de que, a fuerza de republicar, el mundo, tarde o temprano, cambiaría. Y andaba, pues, republicando desde el Código de Hammurabi al Manifiesto Cluetrain, pasando, desde luego, por Los 10 Mandamientos, el Decálogo del Buen Soldador y todos aquellos manifiestos que en la historia de la humanidad lo han sido: Comunista, Dadaísta, Por las Libertades en Internet y hasta el de Nach Scratch. Algún día cambiará, rumiaba a todas horas.

Había centrado toda su atención en una roca cercana, milenaria, con garantías, a la que dirigía todas sus estrategias e hipótesis. Si acaso este texto, si aquella sentencia, quizás lanzando este tweet… Pero nada. ¿Derrota? Ja, nadie conocía al Inmutable. ‘Derrotar’ era para él un verbo que se conjugaba en clave de ‘si te vi, no me acuerdo’. El Inmutable era también Incansable, Intratable, Invencible e Imperturbable. Seguro que apenas republique el Hartista… pero, nada.

Sucedió que un buen día pasó por el pueblo un joven extranjero, que al ver al Inmutable pegado a su Macbook Pro, se interesó por su infatigable tarea. Y llegó a imbuirse tanto de ella que a punto estuvo de quemar su iPhone con todo aquello que el Inmutable le ordenaba: ahora éste, luego aquél, venga vale quítale dos letras que se pasa de caracteres, ahora como carta al director, no espera quizás mejor mándalo a Facebook, ¿cómo es que no te has abierto un blog?

Así pasaron 30 días con sus 30 noches, hasta que al amanecer del mes siguiente, el joven, harto ya de tanto manifiesto y tanta republicación, se dirigió a la piedra y le lanzó un puntapies tímido, aunque certero. La inmensa roca, tantos siglos adherida a aquella sutil franja de tierra que la sujetaba, cedió y rodó cuesta abajo hasta hacerse pedazos en su caída.

– ¡Eureka! Gritó el joven, emocionado. ¡He movido la piedra!

– ¡Imposible!, gritó el Imnutable. Apenas si llevo copiados dos párrafos del Manifiesto Blog en el editor de texto…

Pero la piedra ya no estaba allí. De hecho, estaba prácticamente desintegrada. Todos sus años de empeño, estudios, vigilia, ensayos y errores… tirados por los suelos por una, sí efectiva, pero estúpida e irreflexiva acción.

– Igual bastaba con mover un poco el culo, balbuceó el joven, retrocediendo unos pasos ante la cara encendida de su interlocutor.

– ¿Y los manifiestos, entonces, para qué son?

– Quizás para marcar la línea de un camino, acertó a proponer.

– ¿Un camino? ¿Qué camino?

– El camino que lleva a la piedra.

– ¿La piedra? ¿Qué piedra?