silvio y el che

Silvio Rodríguez anda atrapado entre dos revoluciones, una que se marchita y otra que justo acaba de florecer. La primera es la revolución política derivada de la concreción práctica de una forma de entender el marxismo en un lugar y un tiempo concretos, Cuba-1959. La segunda, la revolución cultural que propician los avances tecnológicos en todo lugar y ya para todo el tiempo que se avecina. Sobre ambas, Silvio se pronunció en rueda de prensa el pasado 26 de marzo de 2010 en la sala Che Guevara de la Casa de las Américas, con motivo del lanzamiento de ‘Segunda cita‘, su nuevo disco.

Me ha gustado especialmente su reflexión acerca de la revolución cubana. Me ha gustado porque se muestra, siquiera tímidamente, partidario de una apertura que ya sólo los ciegos o los locos son capaces de negar. La apertura, el cambio necesario, la revolución en la revolución, o la revolución sin ‘r’, es decir la evolución que el propio trovador plantea. Y digo que me gusta porque no sólo estoy de acuerdo con él en que las responsabilidades del fracaso de aquel sueño que pergeñaron gente como Fidel o el Che no pueden achacarse sólo al ‘enemigo exterior’ y al bloqueo, sino también, y puede que determinantemente, a una pésima gestión del ‘cheque en blanco’ que supuso la victoria, al ‘enemigo interior’, al bloqueo de las ideas, las teorías, las acciones y las intenciones. Me gusta también porque, viniendo de una de las voces más influyentes y admiradas dentro y fuera de las fronteras cubanas, por muy tímidas que sean tienen un peso y una proyección importantes.

También me ha gustado su tímida apuesta por esa otra revolución, la de los profundos cambios que comienzan a darse en el ámbito de la cultura y, en especial, en el terreno de los derechos de autor. También ha sido tímida, “cree más en el copyleft que en el copyright”, afirma no estar “en contra de que la gente se pase los discos”, y aboga, finalmente, por un “entendimiento” que concilie el derecho de la ciudadanía al libre acceso a la cultura con el de los autores a intentar vivir de su obra.

Pero lo que no me ha gustado en absoluto es el argumento que esgrime para justificar su posición y el actual estado de las cosas:

Pero también creo, quizás no en mi caso, que soy un autor ya de más de 40 años, de autoría. Pienso en los autores nuevos, en muchos que a veces solamente hacen dos o tres canciones en su vida, y con esas canciones se mantienen, con las que viven, incluso su familia. No porque no hagan más, sino porque son las que tienen suerte, son las canciones que tienen suerte. Y pienso, ¿cuál es el destino de esa gente? Y pienso, me pregunto, si es justo despojarlos de esa forma de vivir (…) está muy bien que la música se conozca, pero también yo creo que es justo que las personas, los que hacen un trabajo sea físico o intelectual, vivan de eso”.

¿Cree realmente Silvio que el derecho fundamental al libre acceso a la cultura puede verse matizado por el hecho de que haya autores que sólo hacen “dos o tres canciones en su vida” y hayan tenido “suerte”? ¿Otorga la “suerte” algún tipo de derecho básico que debamos reivindicar”? ¿Cómo cuadraría eso con el trabajo físico, en una comparación que él mismo propone: que aquella persona que haya levantado un muro, por ejemplo, viva toda su vida de esa labor? ¿O que el panadero que un día, por “suerte”, hizo un pan sublime, quiera ahora cobrar sin trabajar? ¿No mueve a risa?

Ya les digo yo que no. Mueve más bien a una profunda reflexión que puede exlicar por sí misma las enormes contradicciones que se dan en esta y aquella revolución: la de la enorme brecha que separa la idea de la práctica, lo que se piensa de lo que se hace. La idea marxista de la igualdad social frente a un país en el que la desigualdad comienza justo en aquellos que defienden la idea. Y la idea, no ya marxista sino universal, de una cultura al alcance de todos, sin distinción, frente a un modelo caduco de mercado que tiene como principales valedores no a ejecutivos o una alianza internacional de la extrema derecha, sino a gente que se hace llamar socialista, progre o simplemente ‘de izquierdas’.

Porque Silvio, la revolución política que representa, en la que toda idea gira en torno a la socialización de los bienes, defiende en la práctica el sostenimiento de una industria que explota a los autores y atenta contra la ciudadanía. No es la libre difusón de la cultura lo que amenaza la pervivencia de los autores y sus familias, sino el modelo empresarial que los utiliza como mano de obra dúctil, sumisa y barata, al tiempo que niega o tasa abusivamente el acceso a las creaciones por parte de la sociedad. Esto debería bastar a todo buen revolucionario para alistarse presto en las filas de la cultura libre y del copyleft, sin excusas peregrinas.

Alguien dijo alguna vez que no habría revolución política ni social sólida sin revolución cultural. Algunos parecen que aún no se han enterado.