Comienza a gustarme el iPhone. Vale, en realidad siempre me ha gustado. Un gusto más estético que funcional. ¿Quién puede resistirse a los acabados y ‘ambientes’ de la factoría Apple? Pero también, en realidad, siempre tuve mis reticencias.

Especialmente con el primer modelo, aquel iPhone a secas de hace tres años, que más parecía un prototipo de teléfono de última generación que un auténtico gadget a la altura de los tiempos. No podía competir con los mejores productos del mercado en prácticamente nada, salvo la pantalla táctil, el sistema operativo, el márketing brutal… y su claro enfoque hacia Internet.

Por eso deseché el primer modelo en aras de un potente Nokia N95 y, a punto estuve de desechar el iPhone 3GS por un Nokia N97 si no fuera, porque tras la espera, éste acabó por defraudar mis expectativas en lo que a conectividad con la Red se refiere. Y ahí me ganaron para la causa.

Siempre tuve claro que el primer lanzamiento del iPhone, como ahora el del iPad, no era más que el primer paso de esa estrategia habitual en el ámbito de la industria tecnológica que consiste en ir lanzando versiones deficitarias con sucesivas mejoras y así obligar al consumidor a pasar por caja cada cierto tiempo. Y eso también me retuvo hasta que decidí que no podía esperar más si quería una movilidad web con garantías. Y eso ocurrió tras la llegada del iPhone 3GS, cuyas mejoras sobre todo en el terreno de las comunicaciones me parecieron argumentos suficientes.

Hace unas horas se presentaba el iPhone 4. Y, por fin, comenzamos a vislumbrar el punto álgido y óptimo del aparatito: pantalla de 326 píxeles por pulgada (960×640 de resolución), dos cámaras (una sencilla para videoconferencias y otra de 5 megapíxeles con posibilidad de grabación de vídeo en HD con Flash), multitarea, mejora de la antena, mayor autonomía de la batería (un 16% más que hasta ahora, es decir 10 horas en WiFi, 6 en 3G, 10 en vídeo y 40 en audio)… Razones todas ellas que convierten, ahora sí, más allá de las razones menores apuntadas al principio del post, en un serio candidato al cetro de los smartphones por encima de unos competidores que llevan ya algún tiempo sin saber reaccionar o reaccionando más bien mal, a excepción de Google.

¿Es el mejor? Probablemente comparando cada uno de los aspectos con otros líderes del ramo, no. Hay cámaras más potentes, baterías de mucha mayor duración, conexiones más flexibles y robustas, sistemas operativos libres y atractivos, mejores enfoques PDA… Pero si hablamos de conjunto, creo que estamos ante la mejor ‘banda’ del mercado. Banda que, a poco que incida en las mejoras, puede acabar ofreciendo resultados espectaculares.

Hoy por hoy, y en lo que móviles enfocados a la Red se refiere, el iPhone 4 tiene muy pocos competidores de altura. Si acaso el HTC Dream, Nexus One y algún que otro modelo disperso de este o aquel fabricante. Ni siquiera la BlakcBerry.

El iPhone sale del cascarón. Del cascarón de lo cool al universo de lo útil, y sin perder un ápice de atractivo estético que lo lanzó a la fama (incluso mejorándolo). Las cosas se ponen serias, por fin. Lástima que a muchos nos vaya a costar tres o cuatro desembolsos en apenas cuatro años. Algo que, desde luego, no me pasará con el iPad. O sí 😉