'En defensa del autor', o a vueltas con el cinismo de las discográficas

Uno de los puntos ‘fuertes’ de la estrategia desarrollada por los lobbies del copyright, industria y gestoras de derechos fundamentalmente, en su batalla contra los nuevos modelos de derechos de autor es el de intentar identificar ante la opinión pública sus intereses particulares con los de los artistas a los que dicen representar.

No nos cansamos de escuchar afirmaciones como “defendemos a los creadores”, “esto es la ruina para los músicos”, “actuamos en defensa del autor”, “si les robas a los músicos morirán de hambre”…

Pero lo cierto es que esto no es así, pero no lo es ni de lejos. Muy al contrario, como ya he expuesto en varias ocasiones, es precisamente la industria, y no el acceso y el intercambio de cultura por parte de los ciudadanos, la que realmente atenta gravemente contra los intereses de los creadores: filtrando a quién se apoya y a quién no, apropiándose de los derechos sobre sus creaciones, ejerciendo el acoso y derribo contra aquellos que osan cuestionar sus dictados o estableciendo un abusivo sistema de royalties que apenas supone, en el mejor de los casos, un 12% o un 20% sobre el precio final del producto…

Con esto no descubrimos nada nuevo, que no esté ampliamente documentado ya. El copyright, en su origen un modelo legal ideado para que los creadores pudieran defenderse precisamente de los depredadores del mercado, es decir de empresarios sin escrúpulos y del plagio descarado, ha sido hábilmente torcido por estos mismos para dirigirlo contra los propios creadores y contra la ciudadanía, enfrentando a estos dos últimos sectores en una batalla ficticia en la que, a río revuelto, ellos siguen cosechando los mejores resultados.

Como digo, no descubrimos nada nuevo, pero quiero compartir por aquí esta noticia que acabo de leer vía Slashdot y que supone un eslabón más en la cadena del esclarecimiento y puesta en evidencia de quiénes son los ‘ladrones’, quiénes los ‘piratas’, y quiénes las víctimas en este encendido debate sobre los derechos de autor.

Copyright is for loosers

A mediados de la década de los setenta se produjo una revisión de las leyes de copyright en Estados Unidos en la que se estableció una nueva figura, la de ‘termination rights‘ (derecho de rescisión), por medio de la cual se garantizaba que los músicos (y, en general, creadores de cualquier género) podrían recuperar los derechos sobre sus grabaciones 35 años después de haberlos cedidos a las discográficas (o cualquier otra industria de la cultura), siempre y cuando se solicitase con dos años de antelación. Las primeras producciones afectadas son las de 1978, alcanzando a éxitos como ‘Darkness on the Edge of Town‘ de Bruce Springsteen, ‘52nd Street‘ de Billy Joel, ‘Minute by Minute‘ de The Doobie Brothers, ‘The Gambler‘ de Kenny Rogers o ‘One Nation Under a Groove‘ de Funkadelic y, dentro de unos meses, a otros como ‘The long run‘ de Eagles o ‘Bad Girls‘, de Donna Summer.

Bien, ¿y cuál es la postura de esta industria que tanto defiende y tanto vela por el interés y el sustento de sus artistas? ¿Admitirlo? ¿Informar a sus músicos? ¿Celebrarlo?… No:

Creemos que el derecho de rescisión no puede aplicarse al total de las grabaciones”, defiende Steven Marks, consejero general de la Recording Industry Association of America (RIAA), un grupo de presión en Washington que representa los intereses de las discográficas. Según las compañías, los másters de las grabaciones que han realizado les pertenecen a perpetuidad, en lugar de a los artistas que escribieron y grabaron las canciones porque, según ellos, las grabaciones son “obras por contrato”, creadas no por artistas independientes, sino por músicos que, en esencia, son sus empleados”.

¿Cómo se te queda el cuerpo? La elección de la imagen que abre el post no es casual: a mí esto me recuerda a algo muy parecido al esclavismo. No pienses en Bruce, Eagles o Donna Summer, ni en ninguno de los otros creadores del ‘stablishment’. Piensa en las decenas de miles de músicos, trabajadores de base, que seguirán sin poder controlar sus derechos siquiera 35 años después de haberlos cedido a unas discográficas que, igual, ya ni los mantienen en sus catálogos. Tu proyección hipotecada, carreras sometidas a caprichos de terceros, pervivencia económica en veremos…

Pero eso sí, desde luego, siempre siempre siempre “en defensa del autor”.