Mariano Rubalcaba

Si algo quedó claro en el debate electoral de anoche entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, los candidatos de las dos primeras fuerzas políticas españolas a las elecciones generales del 20N, es que las diferencias entre uno y otro son mínimas y que ambos carecen de propuestas contundentes, sólidas, para sacar al país del atolladero en el que se encuentra.

Independientemente del que cada partido y cada medio de comunicación considere vencedor, motivados por sus respectivos intereses o por la mayor o menor movilización de una u otra militancia, lo cierto es que el debate fue pésimo, gris, carente de fuerza, de revulsivos y de ideas.

En mi opinión, un empate técnico marcado por la mediocridad, en el que Rubalcaba salió ligeramente mejor parado porque, partiendo de su condición de previsible perdedor, al menos intentó poner soluciones sobre la mesa y acorralar a su oponente para arrancarle alguna de las suyas, algo que resultó imposible debido a la estrategia ‘mariana’ de no arriesgar ni media medida concreta: generalidades, vaguedades, obviedades… ni tan siquiera una mala promesa. ¡Qué tiempos aquellos del ‘puedo prometer y prometo’!

Desde otro punto de vista, Rubalcaba fue incapaz de hacer autocrítica, base de cualquier redención convincente, mientras Rajoy machacaba una y otra vez con los errores cometidos en las últimas legislaturas socialistas: reproches, reproches y más reproches.

Rubalcaba pretendió en vano que Rajoy explicase su programa. Y éste demandó sin éxito que aquél justificase ‘su’ legislatura.

En definitiva, el encuentro de anoche deja nuevamente en evidencia la inutilidad práctica y política de estos debates, especialmente cuando se manejan en el culto al bipartidismo, y sólo sirven, cada vez menos también como reflejan las audiencias, para alimentar el circo mediático y la política de salón que tan poco rédito ofrecen al país y a una sociedad que, en plena crisis, en pleno cuestionamiento de su sistema político y económico, reclama ideas, honestidad, consenso, transparencia, participación y una democracia realmente abierta y directa.

Es decir, exige una política 2.0 que, desde luego, es mucho más que abrirse una cuenta en Twitter o en Facebook y obligar a los militantes a que lo conviertan a uno en ‘trending topic‘.

Fotografía: Uly Martín, elpais.com