Moderación web

La idea de que en los foros de Internet debe regir un código de conducta que expulse lícitamente a los practicantes del insulto o la mentira no es nueva. Ya en 1994, Virginia Shea esbozó algunos principios de la netiqueta. No obstante, el problema persiste y las intromisiones de sujetos que irrumpen con intención de sembrar la discordia, ofender, hacer publicidad… son habituales. El tema ya ha sido tratado en estas páginas y suscribo totalmente la necesidad de combatir este tipo de conductas que alteran la conversación”.

Tomás Delclós, el nuevo defensor del lector de ‘El País’, incide hoy en su columna semanal en el siempre polémico y controvertido asunto de la moderación de comentarios en las publicaciones digitales. Un tema que aparece cíclicamente y que a muchos puede resultar recurrente, pero que en realidad supone uno de los mayores problemas y retos de la ‘conversación’ online y de la creación de contenidos en la Red.

Para que nos hagamos una idea de la dificultad que representa la tarea de moderación para un medio de las características de ‘El País’, Delclós revela que sólo en febrero el diario digital recibió la friolera de 347.332 comentarios, lo que supone una media de cerca de 12.000 comentarios al día en las distintas secciones e informaciones donde éstos están habilitados. Un volumen ingente que precisa, como refiere el defensor del lector en su artículo, no sólo ya de profesionales del medio y de los servicios de una empresa externa dedicados exclusivamente a esta tarea, sino también de criterios muy claros y coherentes, y de mecanismos tecnológicos eficaces, para intentar salvar el reto con el mayor margen de garantías posible. Aunque éstos serán siempre, como sabemos, insuficientes.

Si periódicos de estas dimensiones y tan sensibilizados con la necesidad de respetar los principios de la ‘conversación’ y la netiqueta se enfrentan a estas dificultades, podemos hacernos una idea de lo que ocurre en aquellos medios locales que, sin renunciar a ese elemento vital que son los comentarios para el tráfico y la relevancia web (y, por ende, para la rentabilidad publicitaria), sin embargo no dedican ni un solo euro o un solo recurso humano al capítulo de moderación, siendo muchas veces el propio redactor encargado de la edición de noticias (digo ‘redactor’ porque por lo general hay solo uno o dos por turno laboral) el destinado a ejercer esta tarea además de, por supuesto, el resto de las encomendadas a la edición.

El resultado, el que podemos observar en la práctica totalidad de dichos medios: hilos de comentarios basura interminables, en los que el insulto, la injuria, las acusaciones sin datos ni pruebas contra personas con nombres y apellidos, las broncas entre los comentaristas, las faltas de respeto hacia los editores, la manipulación descarada por parte de trolls y ‘hooligans’ del curso de la conversación… y, sobre todo, lo más sangrante, la ausencia de interés por un debate, ‘caliente’ si queremos, pero enriquecedor o edificante.

La consecuencia: empbrecimiento, si no extinción, de la conversación y retraimiento de la participación, en general, y en especial de aquellas personas que sí quieren y tienen algo que aportar en aras de esos dos baluartes de la comunicación 2.0, del periodismo ciudadano y del social media: la capacidad para enriquecer o rebatir el contenido de las informaciones de forma colectiva y documentada, y la posibilidad de emitir opiniones libres y abiertas. Es decir, justo lo contrario de lo que debería ser objetivo prioritario de la ‘conversación’.

Un reto, como digo, tan ‘manido’ y recurrente, pero tan indispensable e inevitable si apostamos por esos valores básicos que muchos queremos ver en la era digital: participación, crecimiento en base al conocimiento colectivo, intercambio, colaboración, ejercicio social y responsable de las libertades de información y expresión, comunicación global y transparencia. Y no el modelo de ‘tertulia salvaje’, véase Telecinco, al que parecemos abocados.

Ahí es nada. ¿Complicado? Sí. ¿Polémico? Bastante. ¿Indispensable? Del todo.