La Web, en obras

Me ha interesado enormemente el artículo ‘The Web we lost‘ (‘La Web que perdimos’) que publica Anil Dash en su blog, un post en el que reflexiona, con datos y argumentos fundamentados, sobre los cambios que se han producido en la Web en la última década, a raíz de la irrupción de lo genéricamente conocemos como ‘red social‘ o ‘Web 2.0‘.

Básicamente, la autora señala que la red social es un hito en lo que a desarrollo de plataformas y software se refiere, pero que deja mucho que desear respecto a los ‘valores’ que predominaban en la Web de hace apenas 10 años, fundamentalmente en aspectos como la colaboración, el espíritu de servicio colectivo, el ‘altruismo’, la sencillez, la transparencia o la privacidad.

Es decir que, a pesar de que supuestamente la Web 2.0 nacía como una expectativa de profundización de esos valores, en realidad ha devenido en un entramado de carácter eminentemente mercantil en el que, cada vez, son más las barreras que se levantan, más difícil resulta la cooperación, más se atenta contra la esfera privada del usuario y, en definitiva, se busca más el rédito en base a supuestos erróneos que el desarrollo de ese tejido verdaderamente social para el que estaba llamada.

Dash expone ejemplos de sitios ‘humanizados’ como Flickr o Technorati frente a la creciente automatización, prácticas como la originaria libre distribución de enlaces o el anonimato, y la tendencia anterior a disponer de tu propio sitio web frente a la actual de ‘encomendarse’ a plataformas de terceros como algunos de los contrastes más relevantes en todo este proceso.

Esta no es nuestra web. Hemos perdido las características clave que utilizábamos para relacionarnos y, peor aún, hemos abandonado los valores fundamentales que la caracterizaban. A favor de las redes sociales de hoy día, hay que decir que han logrado sumar a cientos de millones de nuevos usuarios y, ciertamente, han logrado hacer rico a un pequeño número de gente.

Pero no han mostrado a la web en sí misma el respeto y la atención que se merece, como el medio que les ha permitido alcanzar el éxito. Y ahora han reducido las posibilidades de la web a toda una generación de usuarios que no se da cuenta de cuánto más innovadora y significativa podría ser su experiencia”.

Esta no es la clásica polémica sobre “¡esos estúpidos jardines amurallados llamados redes sociales son malos!” Sé que Facebook y Twitter, y LinkedIn y Pinterest, y el resto son grandes sitios, y que ofrecen a sus usuarios una gran cantidad de valor. Son logros asombrosos, desde una perspectiva puramente de software. Pero están basados ​​en unos supuestos que no son necesariamente correctos. La falacia principal, de la que derivan muchos de sus errores, es que la flexibilidad y el control por parte de los usuarios conducen necesariamente a una experiencia de usuario compleja que afecta al crecimiento. Y la segunda falacia, más grave aún, es la idea de que ejercer un control extremo sobre los usuarios es la mejor manera de maximizar la rentabilidad y sostenibilidad de sus redes”.

Estamos, sin duda, ante un asunto tremendamente complejo y, desde luego, polémico. En mi opinión, la Web 2.0 sí está realizando aportaciones de indudable importancia al desarrollo de la web social, de la democratización y de la conversación, aunque también comparto la idea de que, en no pocos casos, nos encontramos con tendencias, estrategias y conductas que se apartan o van directamente contra ella.

Pero, en un momento en el que muchas miradas vuelven la vista hacia aquellos ‘valores’ que predominaban en la Web hace no tanto tiempo, con la revalorización de los blogs y la resistencia al cada vez mayor número de amenazas sobre los derechos y libertades en la Red, sí me parecen oportunas reflexiones como las de Dash y, en general, considerar seriamente hacia dónde se dirigen los pasos de este medio, tan joven como determinante y revolucionario en la historia de la comunicación, y hacia dónde nos dirigimos todos los que ‘habitamos’ y participamos en ella.