No, no has hecho el 'tonto' con Instagram

He seguido, entre curioso y divertido, la polémica en torno al ‘affaire Instagram‘: la oleada de críticas de medios y usuarios contra el popular servicio de fotografía, recientemente adquirido por Facebook, debido a un cambio en sus términos de uso que abre la puerta a la comercialización, no autorizada ni retribuida, tanto de los contenidos generados por los usuarios, como de sus propios datos personales.

La redacción original es ésta:

To help us deliver interesting paid or sponsored content or promotions, you agree that a business or other entity may pay us to display your username, likeness, photos (along with any associated metadata), and/or actions you take, in connection with paid or sponsored content or promotions, without any compensation to you”.

Que, traducida al español, viene a quedar así:

Para ayudarnos a ofrecer contenidos de interés pagados o patrocinados o promociones, usted acepta que una empresa u otra entidad puede pagarnos para que aparezca su nombre de usuario, imagen, fotos (junto con los metadatos asociados), y/o acciones que realice, en relación con contenidos pagados o patrocinados o promociones, sin compensación alguna para usted”.


Lo cual deja un margen contactual (sí, se trata de un contrato) impresionante a la compañía a la hora de comercializar las imágenes subidas por los usuarios que, al hacer uso del servicio, aceptan expresamente ésta y el resto de condiciones que figuran en el documento.

¿Resulta una locura, una tontería, alguna suerte de histeria irracional, una pasada de revoluciones… detenerte, sopesar, rechazar y, en su caso, criticar, exigir una aclaración, reclamar un cambio de los términos o abandonar el servicio si no te aclaran o no te conviene esa u otras cláusulas? En mi opinión, no. Ni de lejos.

Se trata de un derecho fundamental que cualquiera puede (y debe) ejercer a la hora de firmar cualquier contrato. Cualquiera, claro, que vele por su interés.

Por tanto, la masiva reacción a este cambio de condiciones no sólo no me parece una mamarrachada o una expresión de ignorancia colectiva sino, muy al contrario, un claro síntoma de madurez, salud democrática, inteligencia y defensa de los valores básicos de transparencia y relación justa que caracterizan (y fomenta) la Web. Así como la enésima manifestación del poder de la comunidad digital frente a los abusos o posibles abusos que se puedan cometer.

¿Pero dónde encontraba la diversión en todo esto? En la convicción, y progresiva constatación, de que nos encontrábamos ante un episodio que se viene repitiendo, cada vez con mayor frecuencia, en el entorno de los servicios online. Un ‘déjà vu’ que presenta siempre una misma constante cíclica, y que podríamos esquematizar así:

  1. Servicio crece gracias al impulso de los usuarios
  2. Servicio cambia las condiciones contractuales (términos y condiciones) introduciendo cláusulas que albergan expresiones ambiguas, pero que en último término le podrían otorgar importantes privilegios legales frente a los derechos del usuario
  3. Usuario descubre el cambio y pone el grito en el cielo
  4. Medios, blogs y redes sociales se hacen eco
  5. La comunidad reacciona exigiendo cambios o llamando al abandono del servicio
  6. Un representante del servicio sale a la palestra, normalmente con un cierto aire beatífico, jurando que no se pretendía eso, que se ha interpretado mal y que será modificado
  7. A toro pasado, surgen voces, normalmente ‘autorizadas’, que exculpan al servicio de cualquier error y ponen a caldo a la comunidad por tonta, ignorante, precipitada o histérica (cada una por separado o todas a la vez)
  8. El servicio rectifica… O no

Y, una vez más, el bucle se ha ido reproduciendo tal cual punto por punto. Ocurrió con Google, con Facebook, con Twitter

Imnagen de @jlori contra los cambios en Instagram

Ahora bien, ¿qué ocurriría si la comunidad no reaccionase ante casos como éstos? ¿Si no mostrara al ‘diablo’ las posibles consecuencias de su ‘maldad’? ¿Si no hubiese ‘tomado’ la Red desde que se produjo el primer caso? No creo que haga falta ser adivino para convenir que, evidentemente, las empresas interpretarían sus contratos como mejor les convinieran. Contratos que, no olvidemos, no están redactados ni por Kevin Systrom ni Larry Page ni Mark Zuckerberg, gente muy guay, dicen, todas ellas… sino por una corte de caros abogados que saben muy bien lo que tienen entre manos y los márgenes con los que pueden jugar. Los usuarios no, los usuarios sólo se tienen los unos a los otros, y es su fuerza precisamente la única que puede contrarrestar cualquier tipo de manejo que vaya contra su interés.

Si tus abogados no son capaces de elaborar contratos claros, diáfanos, legibles y que expresen meridinamente tus intenciones, tienes un problema.

Me sorprende sobremanera la opinión de gente a la que admiro y valoro que no dudan en echar mano del ‘sentido común’ para afear la conducta de la comunidad en casos como éste. ¿Pero realmente resulta serio hablar de ‘sentido común’ en asuntos contractuales y de defensa de derechos? A mí, el sentido común me dicta que si alguien no puede pagar una hipoteca, se podrían articular medidas de pago excepcionales o bastaría con entregar la casa al banco. ¿Pero es eso lo que ocurre en realidad? No, manda lo que dice el contrato, y el contrato dice que no sólo te desahucian, sino que además debes seguir pagando. ¿’Sentido común’ en asuntos de leyes y derecho? Que se lo digan al juez Garzón, a Julio Alonso o Access Info Europe, por citar solo algunos casos mediáticos.

¿Por qué somos tan detallistas a la hora de examinar y criticar cosas como la ‘Ley Sinde-Wert‘ o la de propiedad intelectual, por ejemplo?, pues porque el ‘sentido común’ es el menos común de los sentidos, y queda en nada en cuanto se contrasta con una ley, con un papel que lleva tu firma o unos términos que has aceptado al hacer click en un servicio de Internet.

No, no has hecho el tonto con Instagram. Ni con Instagram ni con Facebook ni con Google, Twitter… Lo único que garantiza la pervivencia de una web libre, transparente y abierta es la vigilancia constante y la reacción frente a todo lo que pueda atentar contra ella. Podemos equivocarnos una, dos y hasta mil veces. Pero la mayor equivocación, la única irreversible, sería convertirnos en auténticos ‘tontos’ digitales. Y cuando digo ‘tontos’ no me refiero precisamente a aquellos que velan por sus intereses o defienden sus ideas.